Buenos Aires, 27 may (EFE).- La visita a Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en 1979 fue un hálito de esperanza para los opositores al Gobierno de facto de Jorge Videla. Esta semana, el organismo sesionó por primera vez en el país y las asociaciones de derechos humanos recuerdan su legado.

Las oficinas de la Organización de los Estados Americanos (OEA), al lado de la Plaza de Mayo, bullían en aquellos días oscuros. Los visitantes de la CIDH recibían allí a los opositores y a los familiares de las víctimas de un régimen que entre 1976 y 1983 provocó la desaparición de más de 30.000 personas, según las organizaciones de derechos humanos de Argentina.

Los representantes de la comisión permanecieron desde el 6 al 20 de septiembre de 1979, tiempo durante en el que estudiaron 5.580 denuncias de desapariciones forzadas que fueron la base de un informe que el organismo publicó un año más tarde y que presentó ante Videla.

“La Comisión ha llegado a la conclusión de que, por acción de las autoridades públicas y sus agentes, en la República Argentina se cometieron durante el período a que se contrae este informe -1975 a 1979- numerosas y graves violaciones a los derechos humanos”.

Así comenzaba el documento que penetró en el país de forma clandestina, gracias al coraje de los opositores, mientras el Gobierno de la dictadura intentaba adulterar su contenido y difundirlo a través de los medios de comunicación bajo su control y las escuelas.

“Me acuerdo de las colas que hacíamos allí en Avenida de Mayo, con mucha expectativa, angustia y esperanza. Era la primera vez que formalmente venían y nos escuchaban”, explica a Efe Taty Almeida, presidenta de la asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, creada para encontrar a los hijos desaparecidos de sus integrantes.

Para Almeida, esa visita fue como una tabla que se asoma ante los ojos de un náufrago: “Fue como el que se agarra a ese tablón para poder lograr algo”, recuerda, al tiempo que admite que fue en ese momento cuando la sociedad comenzó a darse cuenta de que las madres no estaban “tan locas” como parecía.

Buscaban saber algo de sus hijos, mantenían la esperanza de encontrarse con ellos en vida en un momento en el que la sociedad, si bien tenía conocimiento de las desapariciones, no sabía hasta dónde llegaba la crueldad del régimen en los centros de detención y tortura.

Alejandra Naftal estuvo en uno de ellos en 1978. La actual directora del Museo de la Memoria, en la ex Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), reconvertida durante el kirchnerismo en un espacio de derechos humanos, recuerda cómo la dictadura la liberó a ella y a un grupo de estudiantes poco antes de la visita de la comisión.

Aquel gesto, opina, formó parte de una estrategia del régimen para maquillar su apariencia ante la CIDH: “Es cierto que en esos momentos hubo un pico de liberación. Es una hipótesis, porque las fuerzas armadas nunca hablaron”, puntualiza.

La delegación de la Comisión afrontó numerosos inconvenientes; fue, aclara, una visita muy pactada. En primer lugar, se retrasó un año por las exigencias de Videla y las reuniones oficiales se planificaron milimétricamente por parte del régimen.

La exEsma fue desalojada de detenidos, algunos fueron liberados, otros, enviados a la “isla de los silencios”, en el delta del Paraná, y los más, arrojados con vida al Río de la Plata. Además, los militares remodelaron el interior del centro de detención para que no coincidiera con las descripciones que los exdetenidos exiliados en el exterior proporcionaron a la CIDH.

Sin embargo, el informe de la CIDH es visto en la actualidad como el principio del fin de la dictadura: no sólo sirvió para desnudar en el exterior la aniquilación sangrienta que ocurría en territorio austral, también ayudó a mitigar el silencio que imperaba en gran parte de la sociedad argentina, motivado, lógicamente, por el miedo.

“Las familias en las que había desaparecidos no denunciaban porque existía el temor de que tu familiar no iba a aparecer si hablabas. Cuando se dieron cuenta de que eso era mentira se empezaron a organizar”, relata Naftal, para quien la resistencia tuvo un gran nivel de organización en comparación con otros países.

“Argentina tuvo un movimiento de derechos humanos con muchos recursos profesionales y la Comisión les ayudó en este sentido”, insiste.

La CIDH desarrolló esta semana su 162° período de sesiones extraordinarias, la primera ocasión que lo hace en Buenos Aires, un lugar simbólico por el impacto que tuvo el informe de 1980 para desvelar a la comunidad internacional los crímenes que estaba cometiendo la dictadura argentina.

Precisamente hoy, los comisionados hicieron un recorrido conmemorativo por la exEsma, que fue definitivamente desocupada por las Fuerzas Armadas en 2007 y sigue siendo prueba material en los juicios contra los verdugos que aún ahora se llevan a cabo.

Alberto Ortiz