Teherán, 9 ene (EFE).- El expresidente iraní Akbar Hashemí Rafsanyaní estuvo en la cárcel, se convirtió en el “número dos” de la República Islámica y acabó defenestrado por su apoyo al Movimiento Verde. Una serie de vaivenes que sus hijos recuerdan en el segundo aniversario hoy de su fallecimiento.

Rafsanyaní, alumno del imán Ruholá Jomeiní en los seminarios de Qom y amigo cercano del actual líder supremo de Irán, Ali Jameneí, fue una persona determinante en la lucha contra la dinastía de los Pahlevi y en la política de la República Islámica.

“Su pensamiento sigue vivo”, aseguró a Efe su hija mayor, Fateme Hashemí Rafsnayaní, quien reconoció, no obstante, que en sus últimos años fue en cierto modo marginado de la escena política debido a su respaldo al Movimiento Verde de 2009.

En ese año, Rafsanyaní (presidente entre 1989 y 1997) optó por apoyar abiertamente a los cientos de miles de personas que salieron a las calles de todo el país para protestar por la reelección como presidente del conservador Mahmud Ahmadineyad, que la oposición reformista calificó de fraudulenta.

A juicio de Fateme, de 59 años, se trató de “un apoyo a la gente”, no tanto a los reformistas, y aunque ello limitó sus actividades políticas no impidió que siguiera siendo influyente.

Su candidatura a la Presidencia en 2013 fue rechazada por el Consejo de Guardianes. Este hecho favoreció que se hiciera con el cargo el actual mandatario, el moderado Hasan Rohaní, a quien Rafsanyaní dio su apoyo.

“La televisión no difunde nada de mi padre, pero en las redes sociales se están divulgando más que antes sus discursos y su visión. La gente ahora lo está conociendo”, subrayó su hija en el museo de Rafsanyaní, inaugurado hace unos meses en su casa para honrar su memoria.

Este periodo fue complicado para Rafsanyaní, ya que dos de sus hijos fueron incluso encarcelados, pero no tanto como sus inicios, cuando él mismo estuvo preso por su oposición al shá Mohamad Reza Pahleví, derrocado por la Revolución Islámica de 1979.

“Fuimos a visitarle en diferentes años a las cárceles de Qasr, Qesel Qale y Evin. No fue una buena época para nosotros”, comentó Fateme antes de romper a llorar.

Con voz desgarrada, explicó que “era muy duro cuando diez o veinte agentes de SAVAK (servicio de inteligencia y seguridad interior de Irán en la época del shá) entraban en casa, desordenaban todo y se llevaban a mi padre”.

La angustia no desaparecía hasta que uno o dos meses después tenían noticias de su paradero y podían ir a visitarlo a la cárcel.

Esas visitas las recuerda también Yaser, el hijo menor, que en esa época tenía 6 años, con sentimientos opuestos. Por un lado, la alegría de ver a su padre y, por otro, la impresión que le causaban esas “paredes altas y habitaciones cerradas”.

A prisión volvió de nuevo después de 2009 para visitar a sus hermanos Faeze, detenida por su respaldo al Movimiento Verde, y Mehdi, condenado por corrupción aunque su familia defiende que influyó su activismo reformista.

“Nosotros estuvimos entre los muros de las prisiones tanto antes como después de la revolución”, lamentó Yaser, quien consideró que eso se debe a que su familia siempre ha perseguido “unos objetivos e ideales”.

Una perseverancia heredada de Rafsanyaní, quien dirigió también el Consejo de Discernimiento y la Asamblea de Expertos y que, según su hijo, con “su aguante y paciencia lograba el resultado que quería en sus objetivos políticos”.

Su memoria ha estado marcada incluso por su muerte, ocurrida el 9 de enero de 2017, envuelta en dudas sobre si fue natural o si una causa externa le provocó el infarto.

“Algunos plantean que pudo haber ocurrido de modo indeseable, la realidad es que nosotros como familia o, al menos yo, todavía no estoy convencido de que mi padre haya muerto de modo natural”, indicó.

Para Yaser, las especulaciones sobre “cuál fue la razón del ataque cardiaco” continuarán mientras las autoridades que lo investigaron no den “una respuesta convincente a la familia y a la sociedad”.