Los Ángeles, 10 sep (EFEUSA).- Los estadounidenses hijos de indocumentados, que algunos precandidatos republicanos a la Presidencia como Donald Trump llaman “bebes ancla”, aseguran que se sienten tan ciudadanos como cualquier otro, aunque lamentan que parten en desventaja por su situación familiar.

Ese es, por ejemplo el caso de cuatro menores estadounidenses cuyo padre guatemalteco fue deportado hace varios años y que viven con su madre gracias a la ayuda de voluntarios.

Brandi Hernández, de 11 años, uno de los cuatro niños que llevan más de tres años sin ver a su padre, sufre su ausencia pero tiene fe en que con el paso del tiempo será más fuerte.

“Me siento triste, lloro por él y quiero que regrese. Casi no he podido hablar con él”, contó a Efe la niña, que vive con su madre y sus hermanos en Homestead, en el sur de la Florida.

Sin embargo, Brandi cree que en la medida en que vaya creciendo podrá enfrentar mejor su situación.

“Cuando esté más grande lo voy a extrañar pero no voy a llorar, porque voy a ser más fuerte”, agregó la estudiante de quinto de primaria a la que le gustan las matemáticas y no sabe lo que es ser un “bebé ancla”.

“Creo que ese nombre tan despectivo que le han dado a los niños es una cuestión de insensibilidad humana y del odio que se ha puesto contra los latinos”, declaró en entrevista con Efe Nora Sándigo, una nicaragüense que es tutora legal de cerca de 850 niños que han perdido sus padres por las deportaciones.

Para Sándigo, los hispanos que han venido a vivir a los Estados Unidos sin un permiso legal de residencia no lo han hecho para procrear un niño que luego les permita obtener la ciudadanía.

“Los hispanos llegamos aquí por otra razones: venimos huyendo de problemas políticos y sociales en nuestros países, de droga, secuestros y otros problemas como las pandillas en Centroamérica”, argumentó la fundadora de American Fraternity.

La guatemalteca Elidia Claudia Hernández llora cada día por la ausencia de su esposo aunque sus hijos cuentan con la ayuda de “padrinos” que a través de American Fraternity les aportan lo necesario para su mantenimiento.

“Es muy doloroso que los niños no puedan tener a su papá con ellos”, declaró a Efe la madre.

Aunque ya han pasado cuatro años, la ausencia del padre en el hogar es muy grande “y todos sufrimos mucho”, señaló mientras reconocía que gracias al apoyo que recibe de American Fraternity, los niños pueden ir a estudiar y tener lo indispensable.

“También recibo subsidio del gobierno para la alimentación de los niños, pero de todas formas es muy duro”, agregó.

Durante casi seis años, Ramón González no ha podido volver a compartir con su padre la afición por el fútbol “y ni siquiera los regaños”.

El joven residente en Long Beach, California, sufrió la deportación de su padre por las autoridades migratorias luego de que lo detuvieran por conducir embriagado.

“Cuando lo detuvieron, mi mamá me dijo que en unos pocos días lo iban a dejar salir”, contó a Efe este estudiante de preparatoria.

“Sin embargo, nunca más volvió a la casa. Cuando nos enteramos, ya lo tenían listo para deportarlo a México”, agregó González, quien manifiesta un gusto preferencial por las ciencias.

Sobre el haber sido un “bebé ancla”, el estudiante de 12º grado, que ya ha aprobado dos cursos avanzados para la universidad, no tiene nada que decir.

“Nunca me he sentido así y si lo fuera, entonces mi papá estaría conmigo”, argumentó.

“Yo voy a ir a la universidad y ser un apoyo para mi mamá y mis hermanos, porque mi papá no puede estar con nosotros. Eso no tiene nada con ser ancla”, agregó el joven estadounidense.

“¿Bebé ancla? Ya no soy bebé y nunca me ha servido y menos a mis padres”, respondió a su vez Johnny Pérez, un estudiante de Northwestern University en Evaston, Illinois.

Pérez, de 20 años y nacido en Chicago de padres mexicanos, ha sufrido los “problemas comunes a las familias inmigrantes de bajos recursos en esta área del país”.

“Lo que mis padres ganan casi nunca alcanza para cubrir los gastos del mes. Es una historia que recuerdo desde cuanto tuve uso de razón”, señaló el mayor de tres hermanos.

Para estudiar en la universidad, luego de dos años en un colegio comunitario y un trabajo de tiempo parcial, obtuvo dos becas de organizaciones y todavía tiene un trabajo por horas en la universidad “y el resto tocó con préstamo”.

En cuanto a la posibilidad de que sus padres soliciten la ciudadanía a través de él, el joven manifestó: “¡Ni pensarlo! Hasta ahora hemos tenido suerte de que no los han deportado”.

Sándigo explicó que los niños “ancla o no” crecen en hogares que no son disfuncionales.

“Son hogares preciosos, con armonía y donde los padres se ocupan de sus hijos. Pero se rompe en mil pedazos cuando viene Inmigración, toca a su puerta y se lleva a uno de sus amores. Ese es el día en que la vida cambia”.