El blanqueamiento dental se ha convertido en una técnica tan recurrente que muchos lo equiparan a un trabajo de peluquería o manicura, pero no es así. Los tratamientos blanqueantes no son inocuos y si no se realiza por especialistas pueden acarrear consecuencias para los pacientes.

Los métodos más utilizados están basados en los peróxidos de hidrógeno o carbamida, y su uso en cantidades efectivas está reservado sólo a odontólogos.

Una concentración elevada y repetida de estos productos puede provocar hipersensibilidad, irritación de las mucosas y alteración del esmalte, lo que se traducen en dientes más débiles y con un desgaste prematuro. Para evitarlo, te aconsejamos seguir estas tres claves para un blanqueamiento dental sin riesgos:

1. Consulta previamente a tu dentista. No recurras al blanqueamiento dental sin que tu dentista realice un diagnóstico previo para averiguar las causas del oscurecimiento de tus dientes y conocer el estado de salud de tu boca. Los blanqueamientos son ofrecidos por centros no especializados –como clínicas de estética o de depilación– y sin personal cualificado que tan sólo ofrecen contraindicaciones en caso de estar embarazada, ser menor de edad o estar bajo tratamiento médico con tetraciclina –antibiótico antimicrobiano–, pero existen más: el blanqueamiento no es conveniente si tienes dientes con caries, hipersensibilidad o lesiones por desgaste o abrasión.

2. Ningún agente blanqueador es totalmente inocuo. Los “productos milagro” también existen en el blanqueamiento dental. Algunas pastas, por ejemplo, pueden ser peligrosas por su alto contenido abrasivo. Las complicaciones y efectos adversos de estos productos suelen estar relacionados con su grado de concentración y tiempo de actuación, y sobre todo con el estado de salud previo de la boca. Por todo ello, el blanqueamiento dental siempre debe ser valorado y supervisado por un dentista.

3. Desconfía de la publicidad que promete resultados milagrosos. Algunos de los productos blanqueadores que se comercializan como cosméticos tienen considerables efectos adversos. Debemos ser muy cautos con el uso y abuso de estos productos. No obstante, si te decides a usarlos, tras el cepillado realiza un enjuague con un colutorio con flúor y, altérnalo, por ejemplo cada mes, con un dentífrico con flúor.