El autismo fue clasificado por primera vez en 1943 por el siquiatra Leo Kanner, quien observó a un grupo de niños que padecían de una falta de habilidad social notoria.

En sus informes, hizo ver cómo estos niños preferían estar aislados y sus comportamientos eran repetitivos. En esos primeros años del conocimiento del autismo se generaron varias teorías para la explicación de estos comportamientos y la culpa recayó directamente en los padres de los niños, de quienes se consideraba habían rechazado al niño hasta el punto de convertirlo de esta manera.

Con el tiempo, la investigación científica descubrió que esto no era cierto y que el autismo es una condición genética que viene predispuesta al momento de nacer. Hasta el día de hoy no existe respuesta clara de qué genera esta predisposición, pero actualmente ya existe evidencia científica de varios genes involucrados en el desarrollo de la sintomatología autista.

El autismo como lo conocemos puede variar de gran manera dependiendo del individuo y su severidad, pero hay ciertas características que deben estar presentes para que se le pueda categorizar como tal. El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es llamado de esta manera por su fluctuante efecto en cada uno de los individuos afectados, el cual puede ser desde muy leve (Síndrome de Asperger o TGD-NE) hasta muy severo. Las tres características usuales son: comportamientos repetitivos, problemas en sus habilidades sociales y problemas en sus habilidades de comunicación.

Aparte de las variantes en severidad de cada individuo se debe tener en cuenta que la persona con autismo no es “autista”, así como la persona con cáncer no es “cancerosa”; existe una gran diferencia entre el “ser” y el “tener”. Las diferencias individuales humanas prevalecen y se muestran de la misma manera en adolescentes con autismo como en aquellos que no lo tienen, y los mismos hábitos son generados en un niño con autismo durante su infancia, dependiendo de la crianza, disciplina y atención o falta de cualquiera de estos elementos.

El autismo es una condición, no una enfermedad y, por consecuencia, no tiene cura pero sí tratamiento. Actualmente existe una gran cantidad de tratamientos que han sido diseñados para mitigar la sintomatología que presentan las personas con autismo, pero la mayoría de éstos aún no cuentan con una validación científica o cuerpo estadístico significativo para poder ser considerados como una respuesta real y generalizable.

Lamentablemente, muchos promotores de estas técnicas a veces prometen cosas imposibles como una cura y utilizan anécdotas de familias que han utilizado sus métodos como prueba irrefutable de que ellos y solamente ellos pueden generar esos resultados.