Las crisis de ansiedad se reconocen a nivel físico porque la persona que las sufre tiene algunos de estos síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor, sensación de ahogo, dolor en el tórax, mareo, aturdimiento o desmayo, temblores, náuseas, hormigueos, escalofríos o calores.

Si tienes ansiedad puedes sentir inquietud, agobio, sensación de amenaza o peligro, ganas de huir o atacar, inseguridad, sensación de vacío, sensación de extrañeza o despersonalización, temor a perder el control, recelos, sospechas, incertidumbre, dificultad para tomar decisiones.

En casos más extremos, temor a la muerte, a la locura, o al suicidio.

Las crisis de ansiedad aparecen bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los primeros diez minutos, tiempo en el que se suceden al menos cuatro o más de los síntomas arriba descritos.

El psicólogo clínico José Carlos Baeza Villarroel, explica cómo hacer frente a una crisis.

Ansiedad: un sistema de alerta
La ansiedad es un sistema de alerta ante situaciones consideradas amenazantes, y su función, es movilizar al organismo, mantenerlo alerta y dispuesto para intervenir frente a los riesgos y amenazas, de forma que no se produzcan o se minimicen sus consecuencias.

La ansiedad “mejora el rendimiento y la adaptación al miedo, y actúa también como un sistema de prevención y defensa”.

“El problema viene cuando la activación psicológica y fisiológica que acompaña a esta respuesta alcanza unos niveles muy altos y ello se traduce en síntomas físicos y psicológicos que comprometen la salud”.

¿Cuáles son los factores que hacen que este mecanismo funcione de forma alterada?

De acuerdo con este psicólogo existen tres factores: los predisposicionales, los desencadenantes y los de mantenimiento.

  1. Predisposicionales: puede haber elementos factores biológicos, algunos de ellos genéticos, de personalidad o ambientales. “Hay personas que cuentan con un sistema de alerta más sensible  y más complejo de desactivar una vez disparado. Son personas que se encuentran en una especie de pre-alerta que condiciona su disposición hacia el medio externo o interno”.
  2. Desencadenantes: aquellas situaciones que son vividas como desbordantes de nuestros recursos; como acontecimientos de consecuencias graves o que exigen importantes esfuerzos adaptativos; obstáculos para conseguir logros; o consumo de estimulantes u otras drogas.
  3. Mantenimiento: la pérdida de facultades por la propia ansiedad, que dificultan el afrontamiento de los problemas. Este último grupo se desencadena porque los problemas originarios de ansiedad no se resuelven satisfactoriamente.

Cómo actuar
Normalmente, si no se ha llegado a tener problemas de ansiedad de suficiente importancia, se pueden dar consejos generales para prevenirlo, pero si las alteraciones son de mayor gravedad requieren tratamiento profesional específico.

Por un lado hay que aprender a manejar la ansiedad y por otro aprender a gestionar las fuentes y las causas que originan la misma, y entre las principales pautas a seguir, el psicólogo cita las siguientes:

  1. Evitar la respiración superficial, intensa y rápida, conocida como hiperventilación, porque agrava la sintomatología ansiosa, genera un aumento de la sensación de ahogo y facilita el camino hacia las crisis de pánico.
    En lugar de hiperventilar, el psicólogo recomienda practicar la respiración abdominal: inspirar con tranquilidad durante varios segundos, y luego expirar también de forma lenta.
  2. Concentrarse en una lectura, un paisaje, una conversación, y no en los propios síntomas.
  3. No tomar café o otros estimulantes, porque no favorecen nada, y tampoco alcohol, porque este último, aunque es un depresor del sistema nervioso, inicialmente reduce la ansiedad pero en un plazo posterior, aumentará las probabilidades de tener crisis de pánico.
  4. Para los que sufren agorafobia, trastorno muy ligado a las crisis de ansiedad y pánico, recomienda hacer una lista con las situaciones que la provocan.
  5. Si se sufre agorafobia cuando se va en tren, el especialista recomienda exponerse de forma escalonada a los viajes, primero viajes cortos, cercanos con poca gente y muchas paradas, para poder bajarse enseguida si se empieza a sentir ansiedad; luego viajes más largos, con más gente, menos paradas…

Estas exposiciones repetidas favorecen que los ataques de ansiedad vayan disminuyendo, mientras que evitarlas lo que hace es incrementar el problema.