Este artículo forma parte de una serie de notas que conforman el Suplemento de COVID-19 desarrollado por Qué Pasa.

Según datos de la Unesco, durante este año,  más de 1.400 millones de estudiantes en el mundo vieron afectados sus estudios por la pandemia. La situación aún no se ha normalizado. A principios de agosto esta cifra rondaba los mil millones de estudiantes impactados, es decir, aproximadamente el 60.5% del total de alumnos.

En muchas escuelas de Carolina del Norte el regreso a clases se está haciendo de manera remota. Esta realidad plantea un nuevo desafío para los docentes, para los padres y, especialmente, para los alumnos.

Uno de los primeros inconvenientes que aparecen son los problemas técnicos que impiden la conexión y el acceso a las clases. Otro, reportado por algunos padres, es la falta de acceso a una computadora. Estas dificultades generan un aumento de la ansiedad y de la frustración en los padres y en los niños y dificultan el proceso de aprendizaje.  

Los CDC recomiendan que, para mitigar este inconveniente, los padres mantengan el contacto con la escuela y le comuniquen inmediatamente si tienen problemas de tecnología o conectividad. Los padres deben recordar que pueden solicitar un intérprete en sus escuelas en caso de tener limitaciones con el inglés.

Por otro lado, los niños que asistan de modo remoto a la escuela, van a necesitar un mayor acompañamiento, supervisión y apoyo por parte de los padres o de sus cuidadores.

A los múltiples desafíos a los que se han enfrentado las familias hispanas durante la pandemia, se suma la exigencia de poder supervisar y sostener la educación de sus hijos desde casa.

Dice la Organización Panamericana de la Salud: “Ante las nuevas y desafiantes realidades de distanciamiento físico, el trabajo desde el hogar, el desempleo temporal, la educación de los niños en el hogar y la falta de contacto físico con los seres queridos y amigos, es importante que cuidemos tanto nuestra salud física como mental”.

Adaptarse a la escuela remota implica un enorme esfuerzo psíquico para los niños y para los padres. En este contexto, cuidar la salud mental implica encontrar la forma de adaptarse a esta nueva realidad educativa, de modo que genere el menor estrés posible en todos los involucrados.

Para poder concentrarse y aprender, los niños necesitan estabilidad emocional y psicológica. Para que esto suceda, la función y la actitud de los padres es crucial. Es necesario que armen un formato en el hogar que permita que el aprendizaje ocurra. Hay que entender que los niños están afectados por la pérdida de sus rutinas escolares, por la pérdida de la cotidianeidad con los compañeros de clase y se les hace complicado responder a las nuevas demandas.

Ante este escenario, los padres deben armarse de paciencia, mantener la calma, reorganizar el tiempo y el espacio para que los niños vuelvan a tener una rutina escolar.

Para lograrlo, una de las recomendaciones que hacen los equipos de salud mental es tratar de crear en la casa un área fija de estudio donde el niño asista a las clases y realice todo lo relacionado a la escuela.  Aun cuando la vivienda sea pequeña se debe intentar adaptar un espacio.

En cuanto a la organización del tiempo, los CDC recomiendan implementar horarios regulares para acostarse y levantarse de lunes a viernes, así como estructurar el día para que contenga momentos de aprendizaje, tiempo libre, comidas saludables y actividad física.

La plataforma educativa Understood recuerda que los niños deben dormir las horas necesarias porque la falta de sueño afecta la concentración.

“Estar en casa puede sentirse al principio como estar de vacaciones, ya que no hay que apresurarse para ir a la escuela todas las mañanas. La rutina de acostarse y despertarse a cierta hora puede alterarse. Y con todos los cambios e incertidumbres, los niños y adolescen-tes pueden tener dificultad para conciliar el sueño o para dormir sin interrupciones. Todas estas cosas pueden dificultar aún más poner atención y concentrarse”, indica Understood.

Otra recomendación de los CDC es tener muy en cuenta los ajustes según la edad del niño. “La transición a estar en casa será diferente para los niños de edad prescolar, de kínder a 5º grado, estudiantes de escuela secundaria media y estudiantes de escuela secundaria superior”, sostienen.

No perder el humor es otro aspecto. Buscar maneras de hacer que el aprendizaje sea divertido. Compartir actividades como rompecabezas, pinturas, dibujos y manualidades o  buscar distintos modos de intercambiar conocimientos y convertir este proceso en una experiencia familiar.

Por último, es importante que los padres estimulen la autoestima de los niños señalando especialmente las cosas que están haciendo bien.

Estas actitudes y conductas ayudarán a crear un  clima propicio para que la escolaridad y el proceso de aprendizaje sigan siendo posibles en el ámbito del hogar y no se convierta en una fuente de estrés y de malestar.

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