Credit: Archivo

Viví los primeros 14 años de vida, en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo 20, en un pequeño pueblo precioso empotrado en los Andes colombianos. Esto a 2,525 metros más cerca de las estrellas, donde en Semana Santa la pasión, muerte y resurrección del Nazareno de Galilea era un tiempo de recogimiento y estrictos protocolos de duelo.

Los estudiantes dejábamos ir a las aulas desde el sábado previo al Domingo de Ramos y las actividades regulares de la municipalidad se reducían al mínimo.

Las emisoras, que se escuchaban en el valle de sauces llorones verdes que cruza el río Chicamocha en sus primeros 45 kilómetros de ruta al mar, tocaban música clásica, que solo cambiaban esa programación de aflicción en el Sábado de Gloria.

Los pobladores se ataviaban con prendas oscuras de luto, y en el teatro local se presentaba la película mexicana en blanco y negro “El Mártir del Calvario”, protagonizada por Enrique Rambal.

En las tiendas se ofrecían colgadas por garfios largas e inmensas tiras de oloroso pescado salado, de las que los niños arrancábamos furtivamente diminutos pedazos para saborear la salobre abstinencia.

La gente compraba sardinas en aceite enlatadas, que se importaban de otros países, incluyendo Venezuela.

En el Jueves Santo, un sector de los hombres hacía un compás a la congoja para imitar la última cena, congregándose en establecimientos públicos para libar bebidas alcohólicas (aguardiente, escocés) y degustar pan y otras delicias gastronómicas que excluían carne de res, marrano y ovinos.

Ese día las mujeres, que cubrían sus cabezas con pañoletas, visitaban los monumentos en las iglesias, en las que se exponía una cripta adornada de flores simbólicamente a Jesús encarcelado por los romanos en Jerusalén, tras los incidentes del Huerto de los Olivos.

Mi abuela, con un grupo de ancestras, hacia un periplo por los templos de las localidades vecinas, con una hoja de palma en mano.

El Viernes Santo, día crucial de la Semana Santa, el párroco de la Iglesia de San Miguel, ofrendaba el largo sermón de las siete palabras, en un recinto repleto de feligreses de bote en bote.

También se realizaba la procesión que recorría las calles del pueblo con la estatua de un Cristo semidesnudo a gatas lacerado por la tortura.

La marcha la encabezaba un individuo ataviado con una túnica terminada con un cono superior terminado en punta como los del Ku Klux Klan, que batía incienso a diestra y siniestra.ֵ

A las tres de la tarde todo era desolación.

Ya a los 14 años, la Colombia beata, curuchupa, cucufata, que experimenté en mi niñez se había transformado en un país rumbero, en el que la Semana Santa era un tiempo de vacacionar en las playas de las costas del Atlántico y el Pacifico, los otros balnearios del país e incumplir con los votos de abstinencia, al ritmo del vallenato, cumbia y salsa.

Ya adulto e inmigrante en Estados Unidos, di cobertura a las actividades de la Semana Santa en el Pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula, conocido comúnmente como LA.

Allá también tuve sábados y domingos de gloria con una inolvidable amiga que todavía se llama Piedad, la vieja Pía, una profesional relevante en lo relacionado con el cine y los medios de comunicación.

Ya aquí en Carolina del Norte mi atención estuvo enfocada en la Peregrinación de Justicia y Paz, que se llevaba a cabo anualmente durante la Semana Santa, en defensa de los inmigrantes que organizaban los Testigos por la Paz del Sureste (WFPSE).

La peregrinación iniciada en 1982 había luchado, en años recientes por acabar con el 287g, la brutalidad policial, el encarcelamiento masivo y los abusos de los derechos humanos en las detenciones.

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