Tras ocurrir en la lúgubre, fría madrugada del domingo 6 de noviembre, la trágica y violenta muerte a disparos del futbolista salvadoreño Wilson Edgardo Gutiérrez Mejía, me contactó consternada una chica por quien tengo un afecto muy especial como si fuese mi hija.

Ella es una mujer del Siglo 21, empresaria, madre, escritora, obrera y exfutbolista. Y de Wilson, dijo:

“Lo conocí por allá por 2014 o 2015 en los campos de las ligas. Recuerdo haberlo visto en las canchas de Ardrey Kell y en las del parque Ranblewood”.

“Mi impresión es que era un buen papá. Tuve la oportunidad de tratar a la madre de sus hijos. Él se ganaba la vida en la construcción. En un tiempo vivimos cerca en diferentes edificios del vecindario de la Scaleybark”.

Además de recapitular las virtudes del finado descritas por sus familiares y conocidos a los medios de comunicación, me mencionó que en las canchas del fútbol aficionado local se especulaba sobre la existencia de un video del incidente en que perdió la vida el salvadoreño.

El martes 22 de noviembre, la policía local informó del arresto de cuatro contemporáneos del occiso, dos hombres y dos mujeres, nacidos entre 1990 y 1997, a los que les impusieron cargos como sospechosos del crimen.

Los cuatro latinos fueron capturados, el sábado 19 de noviembre lejos de Charlotte, en Maryland y Nueva York.

Consulté con mis fuentes sobre el acontecimiento de las detenciones interestatales y volvió a surgir el tema del video, que aparentemente circulaba en las redes sociales. La recomendación fue que viera la grabación para entender el contexto.

Finalmente, de milagro, pude observar los 41 segundos en que presuntamente se ejecuta la muerte del futbolista.

Apretujados entre autos, en lo que sería un estacionamiento, se observa a ocho personas que parecería estuvieran atentas a una conversación. El video no cuenta con el sonido de la plática, pero las imágenes tomadas a color son impactantes.

Por segundos, los rasgos de algunos de los presentes se hacen más definidos.

Uno de ellos que está de espaldas, ataviado con una camisa a cuadros, se quita la prenda y queda enfundado en una camiseta blanca. Un sujeto, también de polera blanca, de pronto le apunta con un arma y le pega un tiro en la cabeza.

La víctima cae. Y otro individuo, que se abre paso y le encaja al menos dos balazos más. El video registra las descargas resplandeciendo como centellas.

En cuestión de segundos todos los reunidos se esfumaron del lugar de los hechos.

Quedé absolutamente perplejo con la frialdad con que el video mostró las acciones de los hombres que le habrían quitado la vida al padre de familia.

La percepción es que actuaron con insensibilidad, como si se tratara de algo normal, habitual.

El Departamento de Policía de Charlotte-Mecklenburg (CMPD) consignó que el homicidio ocurrió en Central Avenue, en la intersección con Kilborne Drive y Norland Road, donde se localizan algunos de los negocios y establecimientos más importantes del área. Esto es a tres minutos de la División de Eastway del CMPD, en pleno corredor de oportunidad designado por la Ciudad de Charlotte.

Pero más allá del punto geográfico del asesinato, los hechos nos llaman a que reflexionemos acerca de nuestro papel en la sociedad. Sobre nuestros principios, valores. Sobre nuestro respeto por el prójimo, por la vida. Sobre la gravedad de lo que está ocurriendo en nuestra ciudad con la delincuencia, el porte de armas, y el repudio a la violencia.

La ranchera memorable del mexicano José Alfredo Jiménez, que lanzó en 1953 decía, “Allá en mi León, Guanajuato la vida no vale nada”.

Hoy, en 2022, cerca de la Navidad, en el Este de Charlotte, la vida no vale nada.

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