Montevideo, 30 oct (EFE).- Laëtitia D’Arenberg, conocida como la “Princesa Laetitia”, es la persona que más se asemeja a la realeza en un país republicano como Uruguay, a donde llegó hace 66 años en busca de librarse de las obligaciones y responsabilidades que conlleva un título como el suyo.

De nacionalidad francesa, la empresaria y filántropa explicó en una entrevista con Efe cómo le ha ido en esta nación suramericana, desde sus comienzos hasta el momento en el que logró prosperar con los emprendimientos ganaderos y lecheros que hoy posee y que se han convertido en marca país.

D’Arenberg pisó tierras uruguayas por primera vez en 1950, luego de haber pasado años turbulentos en medio de la Segunda Guerra Mundial, que terminó con la vida de su padre, el marqués de Belzunce, en la Batalla de Montecassino (Italia) en 1944.

Este episodio marcó su infancia ya que su padre la vio una única vez, cuando aún era una bebé, antes de morir en el frente de batalla.

Sin embargo, su madre, Marie Therese de La Poeze d’ Harambure, volvió a contraer matrimonio, en esta ocasión con el príncipe Erick Engelbert -a quien la empresaria también llama su padre-, onceavo duque de D’Arenberg, que la crió y le cedió su apellido tanto a ella como a su hermano Rodrigo.

“A mí me cerró más puertas de las que me abrió”, expresó la empresaria en ese sentido, ya que considera que el título nobiliario solo abre puertas en un cierto círculo de personas, “en un mundo de gente insegura”.

La princesa aseguró que las personas “juzgan de antemano y se imaginan que la gente con títulos son todos unos sinvergüenzas, ladrones, asesinos” que han hecho “daño a todos”.

“Pero la nobleza no ha sido siempre una lacra, hay gente maravillosa”, aseguró.

En enero de 2014 la publicación uruguaya “Caras y Caretas” difundió una lista de las 120 personas más ricas del país suramericano, en la que el nombre de Laëtitia D’Arenberg se ubicó en noveno puesto.

Propietaria de la estancia “Las Rosas” en el centro de Uruguay, de donde surgió el mejor caballo del mundo de 2014, el árabe “Excalibur”, y de la finca turística “Lapataia”, en el balneario de Punta del Este, la empresaria se ha hecho un lugar tanto entre los miembros de la alta sociedad como de los productores rurales del país.

“Soy como mucha gente, mucho más de lo que ustedes se imaginan”, suele asegurar la princesa, que no se cansa de explicar que, si bien tuvo una crianza severa y rigurosa, también fue muy “humana”.

“La vida me enseño muchas cosas y siempre supe aceptar las controversias de la vida, sobre todo tratar de entender a los otros”, aseveró en ese sentido.

Si bien elogia muchas de las características de Uruguay y asegura que es un “vergel”, también reconoce que existen carencias.

Por ejemplo, impulsar una mayor apertura del país hacia el mundo, mejorar las oportunidades para las personas -sobre todo en el ámbito rural-, así como recuperar los valores perdidos y solucionar la situación de los “ni-ni”, forma en la que se denomina a los jóvenes que ni estudian ni trabajan.

En este sentido, Laetitia se mostró partidaria de que dicho sector de la población sea inscrito en cuarteles para que aprendan a “leer, a escribir, a lavarse, a peinarse, a levantarse temprano y a aprender a sobrevivir”.

“No hay oportunidades y si no hay oportunidades ni una persona que te marque… Es como un árbol, crece torcido”, reflexionó D’Arenberg.

La empresaria preside la Fundación Bienal de Montevideo, la primera muestra artística del mundo en ser alojada por un Parlamento.

Dicha exposición es una prueba de que Uruguay “está pronto para abrirse” y para ver “más allá de los parámetros de su país”.

D’Arenberg llama a “tener la humildad de aceptar” cuando las cosas van mal, porque “siempre en algún lado” se puede “encontrar una mano”.

“Al fin y al cabo… ¿qué es lo que quiere todo el mundo? Estar bien, ser amado y ser feliz”, concluyó D’Arenberg, la “princesa charrúa”.