Pereira (Colombia), 23 abr (EFE).- La cercanía de la familia y abrirse nuevos caminos profesionales son dos elementos clave que permiten a los desmovilizados de las guerrillas colombianas iniciar su ruta hacia la reintegración y mantenerse alejados de las tentaciones de las bandas criminales que intentan reclutarles.

«Yo he tenido muchas oportunidades para irme (a diferentes bandas), pero digo que no porque tengo a mi familia», reconoció a Efe Antonio (nombre ficticio), un desmovilizado de las FARC que actualmente completa un curso de formación de zapatería gracias a la mediación de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR).

Este es uno de los riesgos mayores que deben afrontar las casi 57.000 personas que se han desmovilizado en Colombia desde 2003 ya que, según afirmó Antonio, la caída en esa espiral de violencia es fácil entre algunos de los muchachos que abandonan los diferentes grupos armados y que «no saben nada qué hacer» al no tener expectativas laborales ni conocer otro oficio que el de las armas.

Muchos de ellos se unen a las denominadas «bacrim», bandas criminales nacidas tras la desmovilización de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Entre ellas, las más activas en la búsqueda de desmovilizados, según Antonio, son las autodenominadas «Águilas Negras» y «Los Rastrojos», de quienes afirma que «se han puesto en contacto» con él, si bien rechazó decir cuál de las dos bandas porque no quiere que su familia «quede en riesgo».

Antonio, quien hoy cuenta 26 años y se integró en las FARC con 16, dijo que para que los desmovilizados se mantengan dentro de los parámetros legales es necesario «más compromiso del Estado», especialmente con la multiplicación de cursos de formación y «que las empresas ayuden más» y eliminen el estigma de contratar desmovilizados.

«La vida me ha enseñado a alejarme de malas compañías, me decían: ‘vamos a ganarnos plata fácil’ y hay quien cae en ello. Me hicieron ese tipo de ofertas los (ex)paramilitares pero yo quería salir de eso», reconoció Juan (nombre también ficticio), otro desmovilizado de las FARC.

Juan, se unió a la guerrilla con once años y llegó a ser comandante de compañía con 14 años porque los líderes le tenían «mucha confianza».

A los 17 fue «instructor militar» de la columna móvil Teófilo Forero, una de las más activas de las FARC, y a los 22 «se voló (desertó)» de la guerrilla «por amor».

«Cuando uno se desmoviliza sabe que ya la embarró (pifió), apostilló Juan, quien señaló que en ese momento se multiplica el miedo a las represalias que la guerrilla pueda tomar contra él o su familia.

Tras abandonar la guerrilla tuvo que pasar por un albergue en el que compartió el espacio con otros desmovilizados de los guerrilleros e incluso de las AUC, sus sanguinarios y antiguos enemigos en el campo de batalla.

Luego comenzó a estudiar y, con el apoyo de la ACR, pudo acceder a una finca cafetera situada en el centro de Colombia gracias a la cual ha podido reunirse con su familia, desplazada por la violencia de la guerra que azota desde hace más de medio siglo el país, y obtener un sustento con el que mantenerles.

Con su trabajo y sudor diario ha conseguido quintuplicar el valor de una finca en la que cuenta con la protección de agentes de policía, ya que el 29 % de los desmovilizados ha sido amenazado y unos 3.600 de ellos han muerto, si bien «muchas veces se desconoce quién es el causante», explicó el director de la ACR, Joshua Mitrotti.

Pero para volver a una vida normal los excombatientes deben aprender a convivir con la desconfianza y el miedo, ya que afrontan «un temor constante», según dijo a Efe Ángeles (nombre ficticio), otra desmovilizada de las FARC.

«Prácticamente a uno le da miedo salir, por donde uno camina trata de tomar diferentes caminos por seguridad», comentó.

Por ello el acompañamiento del equipo de psicólogos de la ACR resulta fundamental para estos desmovilizados que además deben combatir el estigma social que acompaña su trayectoria vital.

Unas experiencias que sirven como precedentes para la posible desmovilización de hasta 8.000 guerrilleros que debe producirse en caso de que el Gobierno finalmente alcance un acuerdo con las FARC en las negociaciones de paz que mantienen desde hace más de dos años en Cuba.

Gonzalo Domínguez Loeda