Santiago de Chile, 17 jul (EFE).- Acelerar el crecimiento de la economía es la nueva prioridad del Gobierno chileno, que durante su primer año de gestión apostó todas sus cartas a impulsar reformas que aminoren la profunda inequidad imperante en el país.

«Sin crecimiento será imposible implementar el programa de reformas», sentenció el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, que asumió su cargo en mayo, cuando la presidenta Michelle Bachelet decidió aplicar una cirugía mayor a su gabinete.

Y es que aunque las cifras no son críticas, la preocupación por un ciclo de expansión bajo más prolongado que lo inicialmente esperado ha ido cobrando fuerza en el Gobierno y el sector privado.

Sin ir más lejos, hace una semana el ministro Rodrigo Valdés anunció un recorte en la proyección gubernamental de crecimiento de la economía para este año, desde un 3,6 % a un 2,5 %.

Y esta semana el Fondo Monetario Internacional (FMI) ratificó la percepción de las autoridades chilenas y fijó también en un 2,5 % su expectativa de crecimiento para este año, dos décimas abajo de su pronóstico anterior.

En tanto, el Banco Central, que en Chile es autónomo, recortó su proyección ya el pasado junio en un cuarto de punto, hasta un rango de entre un 2,25 y un 3,25 %.

Autoridades y analistas privados reconocen que la desaceleración de la economía chilena, que comenzó a fines del 2012 y llevó a la economía a crecer sólo un 1,9 % en 2014, su menor ritmo en cinco años, tiene su origen en factores externos e internos.

Al igual que la mayoría de los países emergentes que viven de la exportación de materias primas, Chile se ha visto golpeado por la fuerte caída del precio del cobre, su principal fuente de ingresos.

Junto con ello, el mercado interno ha sufrido una importante baja en la tasa de inversión, que los empresarios atribuyen a la incertidumbre generada por las reformas impulsadas por el Gobierno de Michelle Bachelet.

Alza en los impuestos, cambios profundos en el sistema de educación, nuevas normas para el mundo laboral y hasta un nueva Constitución son parte de la batería de promesas con la que Bachelet llegó al poder por segunda vez, en marzo de 2014.

En ese entonces, toda la energía de las autoridades se concentró en sacar adelante con celeridad las reformas, aprovechando la primacía con que el bloque de centro izquierda gobernante, la Nueva Mayoría, cuenta en el Congreso.

Pero entre fines del 2014 y principios de este año el escenario cambió.

Una serie de escándalos económicos y políticos, que han golpeado al oficialismo, la oposición y al propio Gobierno, debilitaron hasta el extremo el respaldo a la actual Administración y pusieron en entredicho la valoración del programa reformista.

Paralelamente, los índices económicos comenzaron a mostrarse más frágiles y la luz de alerta se encendió, en un país que está acostumbrado a crecer a tasas entre 4,0 y 5,0 %.

«Tenemos que abordar nuestro segundo tiempo asumiendo el efecto de estas dificultades pero sin que ello signifique olvidar nuestro compromiso con la ciudadanía», ha reconocido Bachelet.

«Si pudiera sintetizarlo diría esto: es realismo sin renuncia», acotó.

En la práctica, ello se ha traducido en un cambio del discurso del gobierno que ha comenzado a hablar de «priorizar» las reformas de acuerdo con la real capacidad de recursos para financiarlas.

Y ello, sin duda, va de la mano de un mayor dinamismo de la economía que fortalezca las arcas fiscales vía impuestos.

Elevar el gasto público para estimular una mayor actividad ya no es alternativa. Fue la fórmula que se adoptó para este año, pero no ha dado los resultados esperados, ya que no ha logrado reducir la «incertidumbre» del sector privado, que controla el 80 % de la economía y continúa sin invertir.

Por otro lado, los sectores sociales y el ala más izquierdista de la coalición de gobierno no ven con buenos ojos que se desacelere el ritmo de las reformas, ya que temen que ello pueda convertirlas en letra muerta.

Pero la decisión del Gobierno parece estar tomada.

«Tenemos que ser realistas y sinceros de cara al país. Los ciudadanos chilenos son sensatos y saben comprender que en la vida hay dificultades que exigen ordenar por un lado y jerarquizar las tareas», señaló Bachelet.