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Roma, 8 abr (EFE).- Un cartel colgado estos días en los portales de los edificios romanos avisa con varios días de antelación: "Para quien lo desee, un sacerdote pasará el próximo día X, entre las 17.00 y las 19.00 horas para dar la bendición del Señor".

Es la bendición pascual de los domicilios y las familias, una antigua tradición católica que pervive aún en Italia y que desarrollan las parroquias especialmente durante la Cuaresma, antes de las fiestas de Pascua.

Suena el timbre y al abrir la puerta saluda un sacerdote. Lleva en una mano varias estampillas de su parroquia con la oración que se va a rezar y en la otra el hisopo, esa especie de cilindro de metal para esparcir agua bendita por todas las estancias.

El padre Claudio, de 77 años, de la parroquia de Santa María in Traspontina, situada a pocos metros de la plaza de San Pedro, hace hoy el recorrido por varias calles del barrio de Borgo.

Ha sido puntual, ha llegado a las 17.15, y antes de impartir la bendición reza con los ocupantes del domicilio dos oraciones.

"Hoy visito tres o cuatro portales de la calle. Generalmente la gente nos recibe, nos abre la puerta", asegura a Efe don Claudio.

El tiempo que pasa en cada casa varía según quién viva en ella: "suele ser unos 10 minutos, pero hay personas que quieren hablar, o gente en dificultades a las que queremos dar un gesto de apoyo, de simpatía".

Cuenta que en alguna ocasión le ha recibido alguna persona no católica: "una vez llegué a casa de un judío. Se puso muy contento, al fin y al cabo en el Antiguo Testamento se habla de la bendición".

Don Claudio viste sotana, pero otros curas hacen las visitas domiciliares vestidos con clériman, como los muy jóvenes Jacques y Pierre, francés y canadiense que colaboran con la parroquia de San Salvatore in Lauro  y recorren los portales de la céntrica via Coronari, en pleno centro histórico.

La práctica de la visita a domicilio para la bendición anual ocupa buena parte de la actividad de las parroquias romanas en estas semanas y es tal la saturación que los párrocos tienen que delegar en asistentes y a veces alargar las fechas hasta después de Pascua e incluso hasta septiembre.

Como es lógico, y especialmente en las grandes ciudades, la tradición tropieza con la ajetreada vida urbana: largos horarios de trabajo, casas que quedan vacías durante la mayor parte del día, muchas personas que viven solas, y de ahí que en la mayoría de los casos se fija un tramo horario más cercano a la tarde-noche, cuando los residentes regresan a sus hogares.

También la preocupación por la seguridad hace que algunas personas no quieran abrir la puerta a desconocidos.

A María, una española residente en Roma desde hace 22 años y que se declara "católica practicante", no le sorprende esta costumbre y aún recuerda "cuando era niña y mi padre nos llevaba a las afueras de Madrid a bendecir el coche".

"Me gusta esta tradición, cuantas más bendiciones mejor, pero es verdad que los dos últimos años cuando han pasado por casa no estábamos, siempre hay cosas que hacer", lamenta.

El pasado año, los vecinos de un barrio popular de Ostia, en la periferia romana, vieron con sorpresa cómo al abrir las puertas de sus casas aparecía el mismísimo papa Francisco para dar la bendición.

El párroco local había colocado días antes el preceptivo anuncio de la bendición domiciliaria, pero sin previo aviso fue el pontífice quien cumplió el rito, visitó una docena de casas y dialogó con sus ocupantes, a los que pidió disculpas "por las molestias".