Bayeun (Indonesia), 6 may (EFE).- Jamal Husson pasa los días junto a su mujer y un hijo en un campo en la región indonesia de Aceh a la espera de que algún país le acepte como refugiado, un año después de ser rescatado por pescadores de un barco abandonado por traficantes de personas.

Es uno de los 861 rohingya, una minoría musulmana perseguida en Birmania (Myanmar), que junto a un millar de bangladeshíes llegaron en tres barcos a Aceh tras huir de sus países y sobrevivir a meses de travesía, amontonados y sin apenas agua y comida.

A punto de cumplirse un año de su llegada, unos 250 rohingya siguen en cuatro campos en esta provincia al norte de la isla de Sumatra donde el gobierno local, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y varias ONG se encargan de cubrir todas sus necesidades.

«Aquí todo lo que hacemos es comer, rezar y dormir», dice a Efe Jamal, que dispone de una habitación en el campo instalado en un antiguo almacén en Bayeun.

Como el resto de rohingya Jamal huyó de Rakhine, un estado birmano donde este colectivo vive confinado sin libertad de movimientos desde el último brote de violencia sectaria con la mayoría budista en 2012.

Su destino era Malasia, donde muchos cuentan con familiares entre la comunidad de unos 50.000 rohingya establecida en el país, y donde esperan encontrar empleo.

«Dejé mi país porque ahí no podía trabajar, ni ir a la mezquita a rezar. Los budistas no nos quieren. (Un traficante) me dijo que podría ir a Malasia y que me ayudaría a encontrar dinero y trabajo», explica Jamal.

Su caso es parecido al de los otros 3.000 indocumentados que desembarcaron en mayo del año pasado en Indonesia, Tailandia y Malasia tras ser abandonados por las mafias en alta mar a raíz de una campaña contra las redes de tráfico de personas.

Malasia e Indonesia aceptaron a regañadientes acoger a los sin papeles atrapados en barcos a la deriva a cambio de que la comunidad internacional se comprometiera a reubicarlos en un tercer país en un año.

A punto de que expire el plazo, la mayoría de bangladeshíes han sido deportados a su país pero los rohingya, a quienes Birmania no reconoce la ciudadanía, siguen retenidos sin ningún lugar donde ir.

Quien peor lo tiene son los que llegaron a Malasia y Tailandia, que retenidos indefinidamente en centros de detención por unas autoridades que los consideran inmigrantes ilegales y no tienen donde deportarles.

«Estos centros están a menudo superpoblados. Cuando podemos les proporcionamos asistencia, les ayudamos a llamar a sus familias en su país y para algunos niños facilitamos el acceso a la educación», indicó a Efe por correo la portavoz de ACNUR, Vivian Tan.

En Aceh, en cambio, los refugiados reciben comida, ropa y educación, tienen cierta libertad de movimientos, algunos incluso se han casado o han tenido hijos, y su principal queja es el tedio.

«Las condiciones aquí están bien, son correctas, pero no podemos conseguir trabajo. Me gustaría poder ir a otro sitio», lamenta Hafiz Rohinmullah, un joven de 18 años que ambiciona con ir a Estados Unidos, uno de los pocos países dispuesto a acoger a los refugiados.

La mayoría de rohingya que llegó a Aceh se puso en manos de las mafias para culminar su viaje a Malasia, un destino por el que han perdido interés ante el aumento de los arrestos, las dificultades para encontrar trabajo y la perspectiva de ir a EEUU.

«Tenía tres amigos en Malasia. Hablaba con ellos por teléfono, me contaban que tenían trabajo y ganaban dinero. Pero ahora los tres están detenidos y hace tiempo que no sé nada de ellos», explica Jamal.

«Ya no quiero ir a Malasia porque ahí la Policía y el Gobierno no nos quieren. No sé si en EEUU será mejor pero quiero ir a intentarlo», asegura Rahma Katu, que embarcó junto a dos hijos de 4 y 5 años para reunirse con su marido.

Unos 2.500 rohingya estaban detenidos en febrero en Malasia cuando dos años antes había solo 40, asegura a Efe Chris Lewa, directora de Arakan Project, organización que monitoriza la situación de esta minoría.

La escalada de arrestos ha contribuido a evitar una oleada de inmigrantes como la del año pasado cuando, según la ACNUR, unas 31.000 personas salieron de Birmania y Bangladesh en los primeros seis meses, la mayor cifra registrada jamás.

La agencia de la ONU calcula que unos 5.000 llegaron a quedar abandonados en el mar, donde al menos 370 murieron por enfermedades, maltratos de los traficantes o en peleas por las provisiones.

Entre octubre y noviembre zarparon hacia Malasia siete barcos con unas 1.500 personas a bordo pero desde diciembre no se ha detectado ninguno más.

«Han perdido incentivos para ir. Muchos incluso se arrepienten de haber dejado Indonesia para viajar a Malasia», señala Lewa.

ACNUR y OIM negocian con los gobiernos la reubicación de los sin papeles en terceros países sin que por el momento haya ninguna fecha fijada para su traslado.

Desde ACNUR, Tan insiste en que «la reubicación es solo una parte de la solución» para los rohingya, que siguen víctimas de la discriminación en Rakhine y desprotegidos en los países donde huyen.

«No puedo regresar a mi país. Solo rezo por nuestras vidas y espero que nos lleven a otro sitio», dice Jamal.