Buyumbura, 18 jun (EFE).- El presidente electo de Burundi, Evariste Ndayishimiye, fue hoy investido como nuevo jefe del Estado, tras la inesperada muerte de su predecesor, Pierre Nkurunziza, de un ataque cardiaco el pasado día 8 tras quince años en el poder.

Ndayishimiye juró el cargo para un mandato de siete años durante una multitudinaria ceremonia en el Estadio Ingoma de Gitega, capital administrativa del país, donde los invitados tuvieron que lavarse las manos con gel desinfectante por la pandemia de COVID-19.

«Juro fidelidad a la Carta de la Unidad Nacional, a la Constitución de la República de Burundi y a la ley y me comprometo a consagrar todas mis fuerzas a la defensa de los intereses superiores de la nación», afirmó el flamante mandatario, cuyo juramento se celebró con el disparo de veintiuna salvas de cañón.

Al acto -amenizado con bailes folclóricos y que contó con discursos de clérigos católicos, anglicanos y musulmanes- asistieron miles de burundeses en representación de las dieciocho provincias del país, que ovacionaron al nuevo jefe del Estado, ante el que se cuadraron cientos de soldados con uniforme de gala.

También presenció la ceremonia el cuerpo diplomático acreditado en Burundi, así como la vicepresidenta de la vecina Tanzania, Samia Hassan, y ministros representantes de países como la República del Congo o Egipto, entre otros.

En su discurso de investidura, precedido de un minuto de silencio en memoria de Nkurunziza, el nuevo presidente rindió tributo a su predecesor, de quien destacó que «puso en pie un país desgarrado» por la guerra civil (1993-2005).

«No vamos a construir Burundi de nuevo, sino que vamos a utilizar la base que construyó el difunto Guía del Patriotismo, el presidente Pierre Nkurunziza», remarcó.

En clave de política exterior, tendió la mano a la comunidad internacional, con la que Nkurunziza tuvo una relación tirante.

«Estamos listos para restablecer relaciones con países que desean una cooperación constructiva. Los inversores extranjeros son bienvenidos», dijo.

El mandatario también se dirigió a los burundeses que huyeron de la violencia al extranjero.

«Queremos -señaló- que no haya más refugiados burundeses fuera de nuestro país. Les pedimos que regresen».

Igualmente, prometió la construcción de presas hidroeléctricas y hospitales en el país, uno de los más pobres del mundo, si bien no anunció ninguna medida para atajar la pandemia de COVID-19, que menospreció Nkurunziza, cuya esposa fue evacuada a Nairobi para ser supuestamente tratada de coronavirus semanas antes de su muerte.

Ndayishimiye, del oficialista Consejo Nacional por la Defensa de la Democracia (CNDD-FDD), tenía previsto asumir el cargo en agosto, pero el Tribunal Constitucional decretó el adelanto de su investidura para evitar un vacío de poder tras el fallecimiento Nkurunziza, para cuyo funeral todavía no se ha fijado fecha.

El líder del CNDD-FDD ganó las elecciones del pasado 20 de mayo con el 68,72 % de los votos (más de tres millones), seguido del jefe del opositor Congreso Nacional por la Libertad (CNL), Agathon Rwasa, quien logró el 24,19 % (algo más de un millón de sufragios).

Los comicios tuvieron lugar tras una campaña electoral marcada por la violencia, el acoso a la oposición y la pandemia del coronavirus, crisis esta que no impidió la votación y que ha causado en el país 104 contagios y un fallecido hasta la fecha.

Las elecciones tenían como fin designar a un nuevo presidente después de quince años de mandato de Nkurunziza, que no optó a la reelección, pese a sus intentos de perpetuarse en el poder, y apoyó como candidato a Ndayishimiye, general del Ejército y quien ejerció en el pasado como ministro del Interior y Seguridad Pública.

Nkurunziza optó en 2015 a un tercer mandato prohibido por la Constitución, lo que desató una ola de protestas con cientos de muertos y medio millón de desplazados, según la ONU, además de un intento fallido de golpe de Estado en mayo de ese año.

Pierre Nkurunziza, que murió a los 55 años, había dirigido este pequeño país de África del Este con un creciente autoritarismo desde el final de la guerra civil, que enfrentó a hutus (el 85 % de la población) y tutsis y causó unos 300.000 muertos.

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