Erbil (Irak), 22 oct (EFE).- La minoría cristiana de Irak, perseguida por el Estado Islámico (EI) y abandonada por el Gobierno central de Bagdad, está equipando y formando sus propios cuerpos parapoliciales para garantizar su seguridad, una vez que puedan regresar a las tierras de las que fueron expulsados por el grupo yihadista.

“La Guardia de Sahel Nínive” es el nombre de este cuerpo compuesto por 2.500 agentes y comandado por el exoficial del Ejército Amer Shamun Musa, que insiste a Efe en que no son una milicia, ni una fuerza ofensiva pensada para entrar en combate.

“Es una fuerza para defender a la gente”, asegura Musa detrás del escritorio de su oficina, junto al que se apila una decena de fusiles AK-47.

Este punto es el que la diferencia de otras milicias cristianas como las Unidades de Protección de Sahel Nínive (UPSN), que ya combaten sobre el terreno junto a los kurdos por la liberación de los territorios perdidos.

Musa cuenta que sus fuerzas, que al igual que las USPN actúan bajo el paraguas de las fuerzas de seguridad del Kurdistán iraquí, “están totalmente capacitadas” después de haber recibido preparación básica y especializada.

Sin embargo, se queja de que “hay una carencia de armamento y de equipación para que puedan llevar a cabo su deber”.

Su extensión natural está ahora bajo el control de los extremistas del EI: desde Karakush hasta Bakufa, pasando por Karles, Baashika, Bahsani, Telskof o Bartala, ciudad esta última que ha sido escenario de duros combates entre las tropas de las fuerzas de lucha antiterrorista iraquí y los yihadistas.

Confiesa que están deseando regresar a las tierras que les arrebataron los extremistas y poder comenzar su misión de protegerlas.

Sin embargo, reconoce que su despliegue no depende solo de la liberación de sus hogares, sino también de que el Gobierno central y la región autónoma del Kurdistán alcancen un nuevo acuerdo.

Antes de que el pasado lunes comenzara la ofensiva para la liberación de Mosul, los gobiernos central y autonómico delimitaron las zonas en las que las fuerzas dependientes de cada administración podrían desplazarse.

Según dicho pacto, los peshmergas kurdos, de quienes depende la Guardia del Sahel Nínive, no pueden avanzar más allá del cruce de caminos de la ciudad de Hamidiya, lo que significa que los pueblos cristianos que quieren proteger quedan, de momento, fuera de su jurisdicción.

Pero Musa, que considera que los cristianos de Irak están “viviendo el peor momento de su historia”, está convencido de que podrán desplegarse para que “la historia no se repita”.

Este cuerpo parapolicial fue creado en 2004 ante el vacío de seguridad que siguió a la invasión estadounidense de Irak, con la misión de proteger las iglesias en la región conocida como Sahel Nínive, donde se levantan numerosos pueblos y aldeas que conforman la mayor concentración de cristianos de Irak.

“Pero después, debido al deterioro de la situación de seguridad y al desplazamiento de familias cristianas de diferentes provincias que se dirigieron a Sahel Nínive, se decidió cambiar su misión de proteger las iglesias por la de proteger las zonas y los pueblos cristianos”, explica Musa desde la sede de estas fuerzas en Erbil.

En 2013 pasaron a depender de las fuerzas kurdas, tanto estructural como económicamente, según relata Musa, quien reconoce que acudieron a los vecinos del Kurdistán, en lugar de al Gobierno central, de quien depende administrativamente la región de Nínive, debido a la desatención mostrada por Bagdad.

Pero en 2014, tras el desmoronamiento y huida de los cuerpos de seguridad del Estado en todo Nínive ante la inminente llegada de los combatientes del EI, la Guardia cristiana también optó por retirarse.

“Fue una enorme catástrofe que también trajo consigo la pérdida de confianza en los dirigentes que estaban en Níneve”, declaró Musa, que agregó que fue necesario reconstruir los cuerpos de seguridad.

Desde entonces, se han licenciado tres hornadas de militares y voluntarios de esta guardia cristiana: dos en 2015 de 950 y de 750 personas, y una tercera en 2016, compuesta por otros 750 individuos, que, hasta el momento, no cuentan con cuartel propio, aunque sí realizan labores de vigilancia en las iglesias cristianas de la ciudad de Erbil, donde muchos viven su forzado exilio.