Bartala (Irak), 22 oct (EFE).- Las campanas de la iglesia del barrio de Al Adraa (La virgen), en el pueblo iraquí de Bartala, han vuelto a sonar dos años y cuatro meses después de que sus habitantes, en su mayoría cristianos, abandonaran la localidad, ante la inminente llegada de los fundamentalistas del Estado Islámico.

Sin embargo, su repicar solo lo escuchan los soldados iraquíes que vigilan esta población fantasma que los yihadistas abandonaron hace apenas dos días, no sin antes llenarla de minas y explosivos.

En la cúpula del templo, los uniformados han colocado una improvisada cruz de madera y una bandera iraquí, en el lugar donde los extremistas mantuvieron izado su estandarte negro tras arrancar todas las cruces de las iglesias, tanto de Bartala como de las otras ciudades que cayeron en sus manos.

Junto a la iglesia se encuentra el antiguo centro cultural que los yihadistas emplearon como su base de operaciones y en el que los soldados se han apresurado a tachar los símbolos del grupo Estado Islámico (Al Dawla al Islamiya, en árabe).

Ahora está vacío y en su patio todavía perdura una vieja caja de cartón de cerveza Corona abandonada y numerosos casquillos rotos, una bebida prohibida por el islam y cuyo consumo es castigado por los yihadistas, incluso con la muerte.

En el muro del edificio, donde son visibles en varias partes los destrozos causados por los combates, se puede leer una pintada improvisada y escrita precipitadamente “El Estado Islámico permanecerá y se extenderá por narices”.

En un gran número de fachadas de viviendas se puede leer “Esta casa pertenece al Estado Islámico” o “Esta casa ha sido embargada por el Estado Islámico”, que persigue en las tierras que domina a todas las minorías religiosas y a todo aquel que no comparte su visión fanática del islam suní.

“Estamos ansiosos de volver a nuestros hogares porque ha sido la primera vez en casi siete mil años que nuestro pueblo ha abandonado esta tierra”, dijo a Efe el exdiputado iraquí Jales Steifu, que, como el resto de los habitantes de esta región, situada al este de Mosul, dejó su casa el 6 de agosto de 2014.

Steifu, quien es también portavoz del cuerpo parapolicial de la Guardia de Nínive, calcula que una vez que se aleje el peligro de la zona, se necesitarán dos meses para limpiar la localidad de minas, restablecer la administración, los servicios, el agua y la electricidad, así como las escuelas, antes de que sus habitantes originarios puedan regresar a sus casas.

“Estamos muy contentos, para nosotros es un nuevo nacimiento”, sentenció Steifu a la entrada de la población.

Pero las explosiones esporádicas y los disparos intermitentes recuerdan que los combates continúan a no mucha distancia de Bartala, cuyas calles están plagadas de casquillos de metralleta, cables de electricidad cortados y tiendas quemadas.

Un miliciano de las fuerzas de Sahel Nínive, dependientes de las tropas de seguridad kurdas “peshmergas”, se ha desplazado hoy con las fuerzas especiales iraquíes a Bartala donde besa una virgen arrancada de una hoja de un calendario, que reposa en el asiento trasero de un vehículo blindado.

“Soy cristiano de Sahel Nínive, soy de Karakosh (Hamdaniya, en turco), pero este también es mi pueblo”, asegura a Efe Husan Salem, quien confiesa que no puede describir la alegría que siente por haber vuelto por primera vez a su región.

“Doy gracias a Dios por haber llegado aquí (…) Hemos colocado una cruz en la iglesia y hemos hecho sonar las campanas”, dice sin poder ocultar la satisfacción reflejada en su rostro.

En la carretera principal que pasa junto al pueblo, situado tan solo a 9 kilómetros de Mosul, la actividad de las tropas iraquíes es constante.

Hay un ir y venir continuo de vehículos blindados y tanques, que van y vuelven del amplio frente de combate abierto el pasado lunes contra los yihadistas al comienzo de la batalla para la liberación de Mosul, la plaza principal de Dáesh (acrónimo en árabe del EI) en Irak.