Langsa (Indonesia), 7 may (EFE).- Cuando la marina de Indonesia ordenó que no se rescatara a los sin papeles atrapados en barcos a la deriva, los pescadores de la región de Aceh apelaron a la ley local y su código de honor para salvarles y llevarlos a tierra.

Fue de esa manera como hace un año 1.807 bangladeshíes y rohingya, una minoría musulmana perseguida en Birmania (Myanmar), salvaron sus vidas después de que los traficantes de personas les abandonaran en alta mar mientras intentaban llegar a Malasia.

En total fueron tres los barcos que entre el 13 y el 20 de mayo llegaron al litoral de esta región del norte de la isla de Sumatra tras ser rechazados por la marina malasia.

Sus desesperados pasajeros, que pasaron meses en el mar con escasa agua y comida, fueron trasladados a las localidades de Langsa y Lhokseumawe, donde fueron asistidos por la población y autoridades locales pese a la negativa inicial del gobierno indonesio.

“Fue una cuestión humanitaria y según nuestro Adat (ley consuetudinaria) una obligación para los pescadores”, aseguró a Efe el asistente del alcalde de Langsa, Suriyatno.

“Los pescadores, incluso si encuentran un cadáver, tienen la obligación de parar el trabajo, recuperar el cuerpo y llevarlo a tierra de inmediato. Lo contrario sería de muy mala educación”, explicó el funcionario.

Tras conocer su situación desesperada Teuku Tahir, patrón pesquero de Langsa, envió cinco de sus barcos a rescatar a los ocupantes de una de las embarcaciones, con el visto bueno del alcalde después de que la policía le denegara el permiso.

“Les dije (a la policía) que eran personas y que teníamos que ayudarles. Estoy contento de haberlo hecho y muchos vecinos también”, asegura.

La población se volcó en dar ayuda a los náufragos, organizando incluso un concierto de bienvenida para recaudar fondos, y una vez en tierra el gobierno indonesio aceptó acogerles a cambio de que la comunidad internacional los reubicara en otro país antes de un año.

A días de cumplirse el plazo, los bangladeshíes han sido deportados a su país y la mayoría de rohingya volvieron a ponerse en manos de las mafias para culminar su viaje a Malasia, pero unos 250 de ellos siguen alojados en cuatro campos de refugiados.

En ellos, el gobierno local, con la ayuda de la Organización Internacional para las Migraciones y varias ONG, atiende sus necesidades básicas y se esfuerza en garantizar las buenas relaciones.

“Explicamos a la población quiénes son, cuáles son sus problemas, por qué huyen de su país y así comprenden mejor su situación”, dijo Suriyatno sobre los rohingya, colectivo discriminados por la mayoría budista en Birmania, donde no se les reconoce la ciudadanía.

“También ayudamos a los refugiados a que comprendan nuestras costumbres y no hagan nada en contra”, añade el funcionario de esta localidad de Aceh, la única región indonesia donde rige la ley islámica.

“Soy feliz aquí. Me gusta. La gente es buena, me dan comida”, explica Nurhamila, una joven de 15 años que embarcó embarazada mientras mece a su hija nacida hace nueve meses en el campo de Lhok Banie, reservado para mujeres solas y con niños.

“Aquí tengo una buena vida. Los niños pueden ir a la escuela, yo también puedo estudiar. No podemos trabajar pero podemos salir del campo e ir al mercado a comprar”, añade Rahma Katu, interna junto a dos hijos de 5 y 6 años en el campo de Bayeun, cerca de Langsa.

El gobierno local no solo ha velado por el bienestar de los refugiados sino que incentiva su integración con medidas como la admisión de los niños rohingya en las escuelas públicas.

Para una veintena de adolescentes instalados en Timbung, un nuevo barrio de modestas viviendas construidas para alojar a refugiados, la llegada a Langsa también les ha permitido aprender a leer.

“A-be-se-de…”, cantan todos a coro desde sus pupitres, de acuerdo con la pronunciación local, a medida que una profesora de una ONG señala una tras otra las letras del alfabeto escritas en la pizarra de la escuela del barrio.

“En mi país no podíamos ir a la escuela. Ahora aprendo además inglés. Espero que esto me ayude en el futuro”, asegura Khairul Amin, un joven de 16 años, uno de los pocos que ya sabía leer gracias a que su padre le enseñó los alfabetos birmano y árabe.

Pese a sentirse bien acogidos y atendidos, muy pocos de los refugiados se plantean quedarse en Indonesia y la mayoría espera ir a Estados Unidos, uno de los pocos países que se ha ofrecido a acoger a los refugiados.

“La moneda indonesia no es muy fuerte. Me gustaría ir a otro sitio con una moneda fuerte como EE.UU, y poder enviar dinero a mi familia que sigue en mi país”, dice Rahma.

“Entendemos que no venían a Indonesia, que llegaron aquí de forma accidental. Nos gustaría aceptarlos si quieren quedarse pero si se quieren ir es su decisión y no tenemos nada que decir”, dijo comprensivo Suriyatno

“No queremos echarles. Mientras estén aquí haremos todo lo que esté a nuestro alcance para ayudarles”, añadió.

Tahir considera que los rohingya estarán mejor si se quedan en Langsa y que sería bueno para la economía local si se pudiera emplear a los refugiados como pescadores.

“Estoy de acuerdo en que vayan a otro país si ahí van a estar mejor. Pero si no pueden tener una vida mejor, ¿por qué echarlos de aquí? No estarán mejor que aquí”, asegura el patrón.