Bangkok, 28 mar (EFE).- Cientos de miles de singapureses lloran la muerte de Lee Kuan Yew, el ex primer ministro y padre de la moderna Singapur, que dejó tras sí un legado de prosperidad económica y un sistema político de tinte autoritario.

Lee, que falleció el pasado lunes a los 91 años a causa de una neumonía, gobernó con un estilo duro y personalista, pero también con una eficiencia que llevó a la diminuta excolonia británica a convertirse en una de las naciones más prósperas de Asia.

Tras obtener el autogobierno de manos de las autoridades coloniales británicas, Lee, que ocupó la jefatura del Gobierno singapurense desde 1959 hasta 1990, dirigió el proceso de independencia en 1965 después de un fracasado intento de unión con Malasia.

Muchos lo consideran como el arquitecto de la prosperidad económica que incluyó a Singapur en el club de los “tigres asiáticos” junto con Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur, a pesar de la falta de recursos naturales en esta isla-Estado que actualmente cuenta con 5,3 millones de habitantes.

Aunque con notables diferencias, Lee gobernó en una época de mandatarios de liderazgo autoritario como el malasio Mahathir Mohamad, el indonesio Suharto, el tailandés Prem Tinsulanonda o el camboyano Hun Sen, el único que aún sigue en el poder.

“Los líderes fuertes que ayudaron a establecer las modernas naciones del Sudeste Asiático nunca construyeron instituciones fuertes para controlar su poder”, indica a Efe el escritor y periodista estadounidense Michael Vatikiotis.

“El legado es el control débil de los políticos y una política dominada por personalismos”, precisa Vatikiotis, autor de varios ensayos y novelas sobre el Sudeste Asiático.

El escritor, director en Asia de The Centre For Humanitarian Dialogue, definió el Gobierno de Lee y otros mandatarios de su época como un “liderazgo autoritario blando” que suplía de alimentos y seguridad al pueblo, en detrimento de un lento avance en libertades sociales y soberanía popular.

El ex primer ministro singapurés desconfiaba públicamente del sufragio universal, que consideraba un incómodo legado británico y limitaba mediante el control de la oposición y los medios.

“Las políticas deben ser pragmáticas, no dogmáticas”, afirmó Lee, quien insistía en que los ciudadanos quieren seguridad, vivienda y prosperidad, por encima de libertades públicas.

También criticó el estado del bienestar como un sistema fallido en países como el Reino Unido y opinaba que la única clave para el progreso social y económico era el libre comercio.

“El estado del bienestar debería ser más modesto”, sentenció el ex primer ministro en una entrevista en 2012.

El opositor singapurés Kenneth Jeyaretnam, secretario general del Partido Reformista, considera que parte del éxito de Lee Kuan Yew se debe más al modelo económico basado en las exportaciones del ex viceprimer ministro Goh Keng Swee y a la infraestructura e instituciones que dejaron los británicos, incluido el inglés como lengua oficial.

“Lee Kuan Yew no fue el arquitecto de la transformación de Singapur”, asevera en una entrevista con Efe a través del correo electrónico.

Jeyaretnam critica la estrategia de Lee y del actual Ejecutivo encabezado por su hijo, Lee Hsien Loong, de ahogar financieramente y con demandas a los críticos.

El mismo padre del político, Joshua Benjamin Jeyaretnam, que fue el primer opositor en el Parlamento de Singapur, llegó a declararse en bancarrota debido a las múltiples demandas por difamación presentadas por el partido de Lee Kuan Yew.

No obstante, cerca de un millón de singapureses han salido estos días a las calles para expresar su pésame por la muerte de Lee, al que consideran un “visionario líder” que convirtió la cuidad-Estado en uno de los centros financieros más importantes del mundo.

Su pragmatismo y personalidad arrolladora también inspiraron a mandatarios como el estadounidense George H. W. Bush, el chino Deng Xiaoping, la británica Margaret Thatcher o el alemán Helmut Schimdt.

Sus políticas consiguieron que el PIB per cápita de la isla-Estado superara al de la exmetrópoli británica, pero con un estricto control en un país que ha prohibido el chicle, contempla castigos corporales para los condenados por vandalismo callejero y la muerte en la horca para los narcotraficantes.