Dbaye (Líbano), 22 oct (EFE).- Desde hace dos semanas, Mohamed no pega ojo por las noches y cada día que pasa su ansiedad aumenta porque queda menos tiempo para su expulsión del Líbano, tras vivir un infierno administrativo desde su llegada como refugiado procedente de Siria hace tres años y medio.

Este sirio, que reside junto a su esposa, Marwa, y dos hijos en una humilde casa en Dbaye, al norte de Beirut, se queda sin palabras cuando se le pregunta a dónde piensa dirigirse dentro de 15 días, plazo que le han dado las autoridades libanesas para marcharse.

“Desde que llegué aquí lo hice todo legalmente y presenté un aval (libanés), he sido legal al cien por cien, para que al final me digan que no resido con la persona que me avala y que no les sirve”, lamenta Mohamed.

Regresar a Siria no es una opción para este hombre originario de la región de Al Qalamún, fronteriza con el Líbano, porque está buscado por las autoridades por no hacer el servicio militar, además de tener familiares vinculados al rebelde Ejército Libre Sirio (ELS), aunque él asegura que jamás ha empuñado las armas.

“No regresaría a Siria ni aunque me dieran un millón de dólares”, afirma.

Mientras habla, Mohamed, de 37 años, muestra un taco de papeles que saca de una bolsa de plástico para ilustrar el largo proceso administrativo por el que ha pasado desde su llegada al Líbano.

“Como todos los sirios al principio yo iba cada seis meses a renovar mi visado hasta que un día no pude hacerlo y, tras hacer averiguaciones con un abogado, me enteré de que estaba buscado desde 2002 por la justicia libanesa”, se queja.

Mohamed, que antes del inicio del conflicto en Siria había residido temporalmente en el Líbano, descubrió que estaba acusado del robo de un televisor. “Pero no fui yo, en la denuncia ponía que el autor del robo había nacido en 1991 y yo nací en el 79”, detalla.

Cuando logró demostrarlo, las fuerzas de seguridad libanesas le dijeron que había entrado de manera irregular desde Siria, pero, según Mohamed, tras una llamada al puesto de control de la frontera se comprobó que había accedido al Líbano correctamente.

Entretanto, las autoridades del país de acogida se quedaron con su pasaporte, con lo que no podía trabajar en el Líbano. Sus idas y venidas entre Dbaye y Beirut para arreglar sus papeles han sido incesantes durante estos años.

La vida tampoco ha sido fácil en el Líbano para Marwa, de 23 años, y sus hijos, Yawad y Yudi, de 10 y 8 años, respectivamente.

Para sacar algún dinero, Marwa se dedica a pelar y preparar verduras por 1.000 libras libanesas por kilogramo (0,65 dólares) y Yawad trabaja en un colmado.

“La vida es dura, los niños no reciben educación, no van a la escuela y yo permanezco en casa y preparo verduras, como el calabacín o la ocra”, se queja la refugiada.

Pese a que no tiene su documentación para trabajar, Mohamed contribuye también a la economía familiar con las propinas que obtiene como recadero y cargando cosas para los vecinos de un edificio próximo.

La familia reside en una pequeña vivienda, con techo de uralita, de una sola habitación y con un aseo con ducha, donde comen, duermen y pasan el día.

Mohamed ha intentado buscar la ayuda de la ONU. “Cuando les expliqué mi caso me dijeron que no me podían ayudar, el único consejo que me dieron es que abandonara mi casa y cambiara mi número de teléfono (para evitar su expulsión del Líbano)”, detalla.

Según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de un millón de refugiados sirios residen en el Líbano, que cuenta con más de 4 millones de habitantes.

Desde 2015, las autoridades libanesas aplican una serie de restricciones para los sirios que entran y para la renovación del visado de los que ya se encontraban en su territorio.

Consultada por Efe, una portavoz de ACNUR en el Líbano aseguró que no han registrado ningún caso de ningún refugiado sirio expulsado del país desde la entrada en vigor de las restricciones en 2015, ni tampoco ninguna situación similar al de Mohamed.

Sea como fuere, la cuenta atrás para Mohamed continúa ante un futuro incierto que no sabe a dónde le llevará.