Madrid, 14 dic (EFE).- El cara a cara de hoy entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez se trataba de uno de los últimos cartuchos de los máximos representantes de los partidos que han protagonizado décadas de bipartidismo para atraer a los muchos indecisos que auguran las encuestas ante el 20D.

Y con esos últimos sondeos por medio, la duda era si los candidatos iban a salir al ataque o a limitarse a intentar no cometer ningún fallo estrepitoso que le pudiera arruinar lo que resta de campaña electoral.

La respuesta no ha tardado en llegar. Con la sensación generalizada de que Sánchez no había respondido a las expectativas en el debate a cuatro de hace una semana frente a la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, y los líderes de Ciudadanos y Podemos, Albert Rivera y Pablo Iglesias, respectivamente, hoy ha intentado marcar el terreno de juego.

Si en los primeros compases del cara a cara en los que se hablaba de economía ya trufó sus intervenciones de alusiones a la corrupción, ha hecho después de este asunto el eje de una confrontación dialéctica que ha derivado en la más bronca de las que se recuerdan entre dos candidatos a la Presidencia del Gobierno.

De forma paradójica, cabía esperar que, al abordar el bloque económico, Rajoy hiciera valer de forma nítida lo que ha supuesto la gestión de su Gobierno frente a la herencia recibida y que sus argumentos pudieran hacer sombra a los reproches de recortes que ha ido desgranando Sánchez.

Pero el secretario general socialista se ha resistido a ello con algunas propuestas, rebatiendo las afirmaciones de Rajoy e interrumpiendo muchas de sus explicaciones.

Sin embargo, si la corrupción parecía un terreno más abonado para que Sánchez pudiera sacar alguna ventaja, la forma en que ha abordado este asunto, de forma agresiva y llegando a acusar al candidato a la reelección de no ser decente, ha hecho revolverse al destinatario de esa puya: “Hasta ahí hemos llegado”, ha dicho.

A ello ha sumado Rajoy una serie de calificativos hacia el líder del PSOE que demuestran su enfado: “Ruin, mezquino, miserable y deleznable”.

Ya no ha habido vuelta atrás en ese tono y durante casi dos horas se han sucedido los reproches mutuos de mentir sobre todo tipo de asuntos: economía, Estado del bienestar, reformas institucionales…incluso en política exterior.

La lucha contra el terrorismo yihadista ha sido una pequeña isla de acuerdo entre ambos en un mar de descalificaciones a sus respectivas políticas, a sus formas de interpretar si España ha sufrido o no un rescate, y a lo que cada uno quiere para el futuro.

Por parte de los equipos de ambos se hablaba en los días precedentes de que esperaban un debate sosegado, de propuestas, en el que no se embarrara el terreno de juego, pero el resultado ha sido bien distinto. El bipartidismo ha bajado al barro.

Si hoy se pregunta a cualquier votante que lo haya seguido qué destacaría del cara a cara, no hay duda de que la respuesta mayoritaria será ese duro cruce de reproches ente Rajoy y Sánchez.

El presidente ha acusado después a su contrincante de haber sido el responsable de provocar ese clima de agresividad, y el líder de la oposición ha explicado que él se ha limitado a decir lo que piensan millones de españoles.

Quizás muchos de los indecisos hayan encontrado motivos para dar su confianza a alguno de los que hoy se han batido en el duelo dialéctico y otros hayan decidido que su voto vaya en otra dirección.

Estarían encantados de recibirlos Rivera e Iglesias, dos protagonistas de la carrera electoral que hoy sólo han podido actuar de comentaristas viendo los toros desde la barrera y, según algunos, frotándose las manos. O tal vez no.