Pekín, 20 oct (EFE).- El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, ha reafirmado durante su visita a Pekín y tras su encuentro con su homólogo chino, Xi Jinping, su intención de separarse de su aliado Estados Unidos y acercarse a China, lo que plantea un nuevo equilibrio de poderes en la región.

«En esta sala anuncio mi separación de Estados Unidos, tanto militar -no social- como militar pero económica», decía este jueves de forma poco inteligible Duterte, tras referirse durante un largo rato a la pérdida de poder económico de EE.UU.

En su alocución, muy halagüeña en cambio hacia Pekín, el mandatario filipino aseguró que Estados Unidos ya no puede verse como «el más poderoso del mundo (…), porque le debe a China muchos préstamos», y reiteró su intención de mejorar sus intercambios con la potencia asiática, su segundo socio comercial en 2015.

Esa voluntad quedó hoy materializada en trece acuerdos de cooperación bilateral sobre inversiones, finanzas, energía, agricultura, prensa, turismo, lucha antidrogas, vigilancia marítima, infraestructuras y control de calidad, que se espera que aumenten mañana y que alcancen un valor total 13.500 millones de dólares.

En contraste con su tono furibundo hacia EE.UU., el presidente filipino mostró su cara más precavida y diplomática en su encuentro con los líderes chinos, entre ellos Xi y el primer ministro Li Keqiang.

Enfundado en un traje de chaqueta, una vestimenta muy diferente a la ropa informal con la que acostumbra a hacer sus apariciones, Duterte desfiló hoy en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín (sede del Legislativo chino) junto a Xi, dejando testimonio gráfico del cambio de era en la política exterior filipina.

«Aunque hemos venido a su país cerca del invierno, es primavera en nuestras relaciones», dijo Duterte a Xi, en un lenguaje ostensiblemente más florido del que acostumbra a utilizar cuando se refiere al presidente de EE.UU., Barack Obama, a quien llamó «hijo de puta» el pasado septiembre.

Por su parte, Xi definió como un «hito» la visita y subrayó su apoyo a los «esfuerzos» del líder filipino en su lucha contra el terrorismo, el crimen y las drogas, buque insignia del Gobierno de Duterte y objeto de críticas de EE.UU., la Unión Europea y la ONU tras haber causado más de 3.700 muertos en los últimos cuatro meses.

La sintonía entre los países vecinos ni siquiera se alteró por la mayor rémora de sus relaciones bilaterales, la disputa por unos territorios del mar de China Meridional, pese a que Pekín ha construido últimamente infraestructura e islas artificiales a su antojo y echado a pescadores filipinos de sus áreas tradicionales de faena.

Duterte y Xi acordaron retomar las negociaciones bilaterales sobre los territorios, dejando de lado un laudo de la Corte de Arbitraje Permanente de La Haya dirimido en julio a favor de Filipinas y cumpliendo los deseos de Pekín de ignorar el fallo.

«Que los dos países se sienten a negociar pone un punto y final al veredicto de La Haya», explica a Efe Li Jinming, profesor de Estudios del Sudeste Asiático de la Universidad de Xiamen.

Además, se trataba de una condición sine qua non de Pekín para retomar las relaciones, también las comerciales, después de que su predecesor, Benigno Aquino, iniciara en 2013 el procesamiento en La Haya y abogara por acercarse más a Washington.

Aunque está por ver si la «separación» de Estados Unidos es mera retórica, el giro hacia China de Duterte puede tener su eco en la región, con países como Malasia, Brunei, Vietnam o Taiwán también en disputas con Pekín por islas y aguas en el mar de China Meridional.

«En el futuro, los países de la zona que tienen conflictos con China a lo mejor siguen el modelo de Filipinas de negociar de forma pacífica», considera Li.

Más aún, Jaime Flor Cruz, analista filipino residente en China desde hace décadas, opina que la postura de Duterte hacia EE.UU., con el que Manila tiene un tratado de defensa mutua y al que hasta ahora beneficiaba en materia militar en múltiples iniciativas -acceso a bases, maniobras, etc.-, «cambia la dinámica regional».

Lo hace, dice a Efe, porque «socava el giro hacia Asia de Estados Unidos (clave de la política exterior del presidente Obama), ya que Filipinas es una parte muy importante y estratégica del plan» de Washington.

«Si Duterte hace lo que dice -añade-, le da la oportunidad a China de mantener a Filipinas fuera de la órbita de EE.UU».

Famoso por su impetuosidad, ni siquiera los propios chinos, opina el experto, acaban de confiar en las palabras de Duterte, ovacionado ayer por la comunidad filipina en Pekín cuando al dirigirse a Estados Unidos dijo: «amigos, ha llegado la hora de decir adiós».