Beirut, 13 mar (EFE).- El 15 de septiembre de 2013 el padre de Omama la acompañó a buscar una universidad y se despidió con la promesa de recogerla al día siguiente. Nunca más le volvió a ver. El 2 de julio de ese año el padre de Wafa confirmó a su mujer que la estaba esperando en Damasco, pero nunca apareció.

“Tras una década de conflicto, decenas de miles de civiles detenidos arbitrariamente en Siria continúan desaparecidos forzosamente, mientras que miles han sido objeto de tortura, violencia sexual o muerte durante la detención”, desveló este mes una comisión de Naciones Unidas.

Desde las detenciones masivas durante las protestas iniciadas en marzo de 2011 hasta los casos más recientes, el Gobierno del presidente Bachar al Asad, y con menos frecuencia otros bandos involucrados en la guerra, prolongan “deliberadamente” el sufrimiento de los familiares al no proporcionar información sobre su paradero.

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Omama Abdel Hady tenía tan solo 16 años cuando estalló la revolución en Siria y residía en un pequeño pueblo cerca de Damasco donde reinaba el “miedo” a que algún vecino se chivase al régimen sobre la ideología de los otros, por lo que se limitó a ayudar a los desplazados que llegaban a su zona.

“Mis hermanos sí participaron en las manifestaciones en los suburbios de Daraya y Qeswa y a veces organizaban protestas”, explica la joven de 26 años a Efe desde Turquía, donde reside desde 2019 y actúa como coordinadora local en la organización por la libertad de los detenidos sirios “Families for Freedom”.

Después de que a principios de la revuelta uno de sus hermanos fuese detenido durante 75 días, los dos varones y la otra hermana de Omama se vieron forzados al exilio y el resto de la familia quedó en una posición “vulnerable” en aquel pueblo donde, además de vivir bajo las bombas, “no toda la gente apoyaba la revolución”.

“Tenía miedo a inscribirme en la universidad por lo dura que era nuestra situación, pero mi padre insistió en que debía hacerlo y el 15 de septiembre de 2013 me acompañó a buscar facultades. Me dejó en casa de mi hermana en otro pueblo y dijo que volvería a recogerme al día siguiente”, relata a Efe.

Durante las protestas, su padre había dejado la agricultura para trabajar de transportista entre la provincia meridional de Deraa, la cuna de la revolución, y Damasco, un peligroso trayecto plagado de puestos de control del Ejército, barricadas de comités populares y mafias.

Omama esperó durante horas a que su padre viniese a recogerla como había prometido, pero nunca más supieron de él.

“No creo que vuelva a ver a mi padre de nuevo, tenía 70 años cuando desapareció y algunos problemas de salud. No creo que podría aguantar las circunstancias de la detención si no fuera por un milagro”, dice la joven con lágrimas rodándole por las mejillas.

En vano, esperaron dos meses con la esperanza de que fuese liberado con motivo de la fiesta musulmana del Sacrificio o Aíd al Adha de 2013, pero, como muchas otras familias sirias, acabaron huyendo a Jordania.

La joven asegura que una semana después de la desaparición de su padre, el nieto de su tío corrió la misma suerte cuando cubría esa peligrosa ruta. Su primo desapareció un mes más tarde, al igual que ocurrió con “un montón” de otra gente de su pequeño pueblo de apenas 5.000 habitantes.

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Wafa Mustafa, acostumbrada a acompañar a su padre a manifestaciones desde que tenía 10 años, ni se planteó si sumarse o no a las primeras protestas populares contra Al Asad, en las que participó activamente desde 2011 durante dos años con el objetivo de reclamar “libertad, justicia y un Estado de derecho”.

“En cierto modo mi padre dedicó su vida y parte de mi niñez y mi juventud a apoyar las causas de otra gente en Palestina, Irak y más lugares, así que cuando la revolución comenzó en Siria ni siquiera lo cuestioné (…) Simplemente me encontré allí”, cuenta a Efe la activista desde Alemania.

Ella misma, su hermana y su prima fueron arrestadas en 2011.

Sin embargo, la peor parte se la llevó su padre, muy activo políticamente y detenido en 2005 y 2011: fue acusado de “ayudar a ‘terroristas'” -relata Wafa- pero en realidad “era sólo gente que escapó de Hama después de que el régimen atacase la ciudad durante el mes de Ramadán de 2011”.

Tras vivir unos meses en Damasco con sus hijas mientras el resto de la familia seguía en la occidental Masyaf, el progenitor preparó un reencuentro con su esposa en la capital aprovechando que Wafa y su hermana estaban de viajes.

“Cocinó su comida favorita, cogió ropa nueva y preparó todo, mis hermanas y yo nos reímos de que mi madre y mi padre fuesen a tener de nuevo una luna de miel después de librarse de nosotras”, recuerda la joven, que entonces tenía 21 años.

El 2 de julio de 2013, estando a unos 15 minutos del punto de encuentro, la madre de Wafa llamó a su marido y confirmó que éste la estaba esperando ilusionado y que incluso había limpiado la casa para la ocasión. Fue la última vez que escuchó su voz.

Una semana más tarde, Wafa, su madre y su hermana pequeña se vieron obligadas a huir de forma ilegal a Turquía porque se sentían en peligro: se llevaron solo sus pasaportes y un “dolor indescriptible” en el corazón.

Manolo G. Moreno

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