Budapest, 9 jun (EFE).- Los refugiados de Oriente Medio que llegan a la frontera entre Serbia y Hungría pasan allí días o semanas enteras sin la más básica asistencia, lo que “es una vergüenza para Hungría y toda la Unión Europea”, denunció hoy el Comité de Helsinki, un organización de derechos humanos.

Gábor Gyulai, responsable del programa de asilo de esta ONG, explicó a Efe en Budapest que lo que sucede en la frontera es “una señal trágica de la hipocresía del sistema de asilo en Europa, y de la actitud inhumana del gobierno húngaro hacia los más necesitados”.

Recordó que después de que el Gobierno magiar sellara su frontera sur con vallas alambradas, creó “zonas de tránsito”, donde deben esperar aquellos refugiados que desean presentar una solicitud de asilo en el país centroeuropeo.

Pueden estar hasta semanas esperando allí, mientras que “el gobierno húngaro no les da ni agua potable, ni comida, ni aseos, ni información”, asegura Gyulai.

El Comité de Helsinki es la única organización en Hungría que proporciona asistencia jurídica a los solicitantes de asilo.

Actualmente hay cientos de refugiados de Oriente Medio y África cerca de las dos zonas de tránsito en la frontera, cerca de las localidades de Tompa y Röszke, asegura ACNUR, la agencia de la ONU para refugiados.

“Hay muchas madres con hijos, entre un 60 y un 70 por ciento de las personas en la frontera”, explica a Efe en Belgrado la portavoz de la ACNUR en Serbia, Mirjana Milenkovski.

El número de refugiados acampados al aire libre ha subido de pocas decenas en abril hasta medio millar en mayo.

Las autoridades serbias y ACNUR intentan trasladar a la gente a centros de acogida, como el de Subotica, a unos 25 kilómetros de la frontera, pero los refugiados lo rechazan, ya que desean pasar lo antes posible a la Unión Europea.

Por eso, cada vez más personas contratan los servicios de contrabandistas que los pasan a través de la frontera cerrada.

Las redes de contrabandistas están muy bien organizadas y los refugiados están en peligro de “abusos y manipulaciones” por parte de esos traficantes, asegura Milenkovski.

Una vez en Hungría la cosa no es fácil para los refugiados, ya que las autoridades magiares siguen rechazando casi todas las solicitudes de asilo.

En los primeros cuatro meses del año se presentaron unas 13.000 peticiones, todas de personas en su mayoría de países en guerra, como Afganistán, Siria, Irak o Somalia.

Este año apenas 200 personas recibieron alguna protección por parte de las autoridades húngaras.

“Hungría sigue rechazando casi todas las solicitudes aludiendo a que los solicitantes entraron en el país desde un tercer país considerado seguro, Serbia”, denuncia Gyulai.

Pero según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Serbia no cumple con los requisitos para ser considerado como tercer país seguro.

Para ello, sería indispensable que tenga un sistema de asilo eficaz, que deje que los refugiados entren y pidan asilo, que les garantice un procedimiento profesional y equitativo, y que otorgue protección y posibilidades de integración a los necesitados.

Hungría envía de vuelta los refugiados a Serbia, que no les admite y así son traslados a campamentos “sobrepoblados e inadecuados”, según el Comité de Helsinki.

Después un tiempo los refugiados abandonan finalmente esos campamentos y logran cruzar la frontera entre Hungría y Austria de una manera irregular, explica Gyulai.

El experto acusó al gobierno conservador nacionalista de Hungría de utilizar a los refugiados como “chivos expiatorios”, para desviar la atención de otros problemas en el país.

“Provocar xenofobia y la disuasión de los refugiados son elementos clave de la agenda gubernamental”, asegura el responsable del Comité de Helsinki.

Desde el primer momento, el gobierno del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha relacionado a los refugiados con el terrorismo islámico y asegura que los inmigrantes significan un peligro a la cultura húngara y europea.

Según el Comité Helsinki, Hungría debería acelerar la entrada de los refugiados en las “zonas de tránsito”, que deberían funcionar como puntos de registro y para un primer examen médico.

“Para poner fin a esta situación vergonzosa e inhumana, las autoridades húngaras deberían ofrecer, como un mínimo, asistencia humanitaria a estas personas y servicios como aseos móviles, agua potable y comida”, resume Gyulai.

Sin embargo, nada indica que el Gobierno húngaro vaya a cambiar su política restrictiva frente a los refugiados.

En otoño se organizará un referéndum, convocado por el propio Gobierno húngaro, sobre el sistema europeo de reubicación de refugiados y todo indica que la gran mayoría de los húngaros votarán en contra de la recepción de inmigrantes.