Lisboa, 2 feb (EFE).- El segundo Gobierno del socialista António Costa cumple este lunes sus cien primeros días marcados por los malabares a los que obliga su condición de Ejecutivo sin mayoría absoluta y en solitario, sobre todo ante la aprobación de las grandes medidas, como los Presupuestos para este año.

El equipo de Costa tomó posesión el pasado 26 de octubre convertido en el mayor de la democracia portuguesa, con 19 ministros y 50 secretarios de Estado. Fue la primera circunstancia que hizo enarcar una ceja a los partidos de izquierda, que en la pasada legislatura le apoyaron en el Parlamento.

En ésta, sin embargo, Costa prefirió volar completamente solo. Había vencido las elecciones de octubre quedándose a apenas ocho escaños de la mayoría absoluta, y prescindió de cualquier pacto por escrito para negociar puntualmente con eventuales socios llegado el caso.

La idea se ha revelado como problemática ante su primer gran reto: los Presupuestos para 2020, en los que las peticiones de izquierda y derecha pueden llegar a confluir en algunos aspectos, obligando así al primer ministro a explotar sus dotes de negociador.

“COALICIÓN NEGATIVA”

La tramitación de los Presupuestos concluirá el próximo jueves, tras un mes de debate en el que el mayor recelo para el Gobierno ha residido en la llamada “coalición negativa”, un término que define una eventual unión entre derecha e izquierda para votar contra una propuesta del gabinete.

Ya ocurrió el pasado mayo, durante la anterior legislatura, cuando el PSD, de centroderecha, el democristiano CDS-PP y la izquierda del Bloco y el Partido Comunista Portugués se unieron en apoyo a los profesores, que reclamaban que se ajustaran sus salarios de acuerdo a los casi diez años que estuvieron congelados.

Los socialistas, que defendían que ello provocaría un desequilibrio en la cuentas inasumible, se quedaron por primera vez solos y Costa llegó a amenazar con dimitir si perdían la votación final sobre este asunto, algo que finalmente no ocurrió.

SUPERÁVIT ENTRE DUDAS

Pero temen que ahora se repita el escenario, porque el cuadro económico previsto en los Presupuestos de 2020 incluye un histórico superávit del 0,2 % que no ha gustado a la derecha y no ha entendido la izquierda, que considera más urgente aumentar el gasto público a obtener un excedente.

Sobre todo para evitar el colapso de la sanidad pública lusa, que ha estado “infrapresupuestada” de forma “crónica”, según reconoció el propio primer ministro en Navidad ante las crecientes quejas por las abultadas listas de espera, de varios meses, o la falta de personal sanitario.

Para paliar la situación y buscar consensos, ha ordenado un refuerzo de la sanidad de 800 millones de euros, además de la contratación de unos 8.500 profesionales hasta 2021, en espera de que ello aplaque el descontento de la izquierda.

PRESUPUESTOS 2020, EL PRIMER GRAN RETO

Hay, sin embargo, más obstáculos. La defensa a ultranza del superávit por parte del Gobierno socialista ha hecho que el relato en el Parlamento portugués cambie, y sea la oposición de derechas la que más critique la pérdida de capacidad adquisitiva de la clase media.

Por ello, el PSD pidió que se bajara el IVA de la electricidad, una propuesta que tanto Bloco como el Partido Comunista ven con buenos ojos. La aparente coordinación entre estos partidos ha provocado que Costa multiplique sus avisos con el mismo argumento usado para los profesores: causaría un desajuste grave de las cuentas.

Bajar el IVA de la electricidad del 23 % al 6 %, ha dicho, tendría un coste anual superior a 700 millones de euros.

En paralelo, la contestación social continúa a través de los funcionarios portugueses, que protagonizaron este viernes su primera jornada de huelga general de esta legislatura, culminada con una manifestación en Lisboa para dejar claro que consideran insuficiente el incremento salarial del 0,3 % previsto para este año.

No serán los únicos que tendrán una mejoría, puesto que el salario mínimo pasa este 2020 de los actuales 600 euros a 635.

El debate no es que no mejoren las condiciones, es que no mejoran tan rápido como lo hacen las cuentas macroeconómicas. Y explicar el por qué supone un ejercicio de malabares para António Costa.

Cynthia de Benito

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