Baga Sola (Chad), 23 abr (EFE).- Los niños que han huido de Boko Haram llegan asustados y exhaustos a un campo de refugiados en la frontera entre Chad y Nigeria. En un abrir y cerrar de ojos, el grupo islamista les obligó a dejar atrás todo lo que habían conocido en sus escasos años de vida.

La huida, que comenzó en medio del caos y la violencia, termina en el campo de Dar es Salam, que en árabe significa ‘casa de paz’. Allí, los niños se las apañan como pueden para adaptarse a su nueva vida, algo que no siempre es fácil.

«Lejos de sus hogares, están desubicados y no tienen nada que hacer durante el día. Por eso nuestra prioridad es que recuperen la normalidad y vayan al colegio lo antes posible», explica a Efe el jefe de Construcción de Unicef Chad, Mario Bacigalupo.

Cuando se levanta un campo de refugiados, lo primero que hace Unicef es construir varios espacios temporales de recreo, que son fáciles de montar y tienen un coste relativamente bajo. «En menos de una semana podemos montar una carpa donde los niños pueden jugar y distraerse», señala Bacigalupo.

El segundo paso es construir los espacios temporales de aprendizaje, que son aulas de lona en las que los niños podrán ir a clase y retomar sus estudios.

Se trata de una solución provisional que permite ganar tiempo y conseguir los fondos necesarios para construir mejores equipamientos.

«Lo importante es que, casi desde el primer momento, los niños pueden ir a clase y comienzan a tener una rutina», añade Bacigalupo.

Según los datos de Unicef, en Dar es Salam hay unos 2.000 menores de edad, de los cuales alrededor de 1.500 tienen menos de 12 años.

«El problema con estos niños es que muchos no han ido nunca al colegio. Y no solo por culpa de Boko Haram. En las zonas rurales del noreste de Nigeria, sobre todo las que bordean el lago Chad, no hay una tradición educativa tal y como la entendemos nosotros», declara el director de la oficina local de Unicef, Claude Ngabu.

Entre el 80% y el 90% de los niños que viven en Dar es Salam no han sido escolarizados -aunque algunos han ido a escuelas coránicas-, ya que muchos padres creen que es más útil que sus hijos aprendan a pescar y a cultivar los campos y que sus hijas se queden en casa aprendiendo las labores del hogar.

En Dar es Salam hay dos escuelas en las que están inscritos más de 800 niños, en su mayoría de entre 6 y 13 años.

En una de las aulas, un grupo de unos 50 niños sentados en el suelo grita al unísono y repite sin cesar: «Mogo va à l’école! (Mogo va a la escuela, en francés)».

Los maestros son chadianos y hablan francés, mientras que los niños hablan hausa (el idioma local del noreste de Nigeria), por lo que hay una barrera lingüística que tardará en desaparecer, aunque los niños aprenden rápido.

«La diferencia de idioma es un problema, pero como todos tienen el mismo nivel es más fácil darles clase», reconoce Amadu Ladual, el director de la escuela Dar es Salam I, que ha sido rebautizada como ‘Esperanza’.

Abdullah, de 13 años, sonríe desde la ventana de una de las aulas. Reconoce que le cuesta aprender francés, pero está encantado de poder estar con más niños y pasar el rato cantando canciones y recitando el alfabeto.

Por la tarde, cuando el sol comienza a bajar y ya no hace tanto calor, decenas de niños se acercan al Espacio Amigo de la Infancia, uno de los espacios temporales de recreo que está cerca del colegio.

Detrás de una de las carpas se disputan varios partidos de fútbol de manera simultánea, como si fuera un patio de colegio.Tres balones se entrecruzan a un ritmo trepidante y se escuchan gritos de júbilo con cada gol anotado.

Después de todo lo que han pasado en las últimas semanas, las risas y los barullos que se forman entorno a las porterías transmiten esa normalidad que tanto ansiaban y que, por lo que parece, han encontrado.

Xavi Fernández de Castro