Santo Domingo, 27 abr (EFE).- Nunca había ocurrido antes pero, después de más de 160 años cultivándolo, la República Dominicana no produce suficiente café como para auto abastecerse y, desde hace un tiempo, esa taza humeante, oscura y estimulante que por tradición da los buenos días en el país caribeño, tiene aroma oriental.

Muchos no son conscientes de ello, pero el 92 por ciento del café que se consume a diario en el país llega de Vietnam para satisfacer el consumo interno que, en 2014, supuso la importación de 15 millones y medio de kilos de café (343.319 quintales).

Mientras, la exigua producción local de grano se exporta a otros países, principalmente a Europa, aunque últimamente han llegado nuevos compradores de Rusia, China o Japón.

El año pasado salieron algo más de dos millones y medio de kilos de café (57.011 quintales) cultivados en República Dominicana, para no perder este clásico nicho de mercado exterior hasta que la producción nacional se recupere.

Hay diversos factores que han llevado a esta situación, empezando por aquellos derivados del manejo del cultivo. La falta de capacidad de inversión por parte de los productores en labores de mantenimiento, nutrición, y en un nuevo tejido productivo, ha debilitado unas plantaciones ya de por sí envejecidas.

En este escenario poco halagüeño, llegó a los cafetales el hongo de la roya, una epidemia que afecta a diversos granos, y que ha terminado de dar la puntilla al sector cafetero, aunque no solo al dominicano. En Centroamérica ha supuesto la pérdida miles de hectáreas de plantaciones y de más de 440.000 empleos (56.500 en R. Dominicana), según un informe de la Organización Internacional del Café.

El director del Consejo Dominicano del Café (Codocafé), José Fermín Núñez, explica en una entrevista con Efe que la solución es sustituir las viejas plantas por unas nuevas resistentes al hongo.

Así, además, se resuelve la problemática previa a la aparición de la plaga, puesto que las nuevas variedades evitarán la labor de mantenimiento, nutrición y aplicación de productos fitosanitarios en los viejos cafetales, y se obtendrá un rendimiento mucho mayor al que se lograba con los cultivos originales.

En este momento, cuenta Núñez, se trabaja con las semillas detectadas aquí para someterlas a «un proceso de mejoramiento, y con ellas definir una variedad local» con un alto potencial de producción.

Así pues, para Núñez, este escollo del hongo de la roya se ha convertido en una gran oportunidad para el sector y dice, a modo de ejemplo, que «es como tener un coche viejo y que llegue uno» y te «lo choque, teniendo un seguro ‘full'».

En República Dominicana hay 102.000 hectáreas de terreno dedicadas al cultivo de café, en las que trabajan unas 28.000 familias, «y ya llevamos renovadas unas 3.480 hectáreas»; para final de año, Codocafé espera llegar a las 9.000 hectáreas y continuar con este patrón de siembra en años sucesivos.

Sin embargo, hasta que toda esa superficie sea repoblada, y los cafetales comiencen a producir lo suficiente como para que ya no sea necesario importar grano, pasarán unos ocho años, según los cálculos de Núñez.

Durante ese tiempo, no solo hay que financiar el proceso en sí, sino que las familias que viven del café necesitarán sustento, ya que la nuevas plantas no dan fruto comercializable hasta el tercer año de cultivo.

Núñez cree que debería existir un fondo estatal de rescate y reconversión del parque cafetalero, y en una línea similar se pronuncia el profesional en materia agropecuaria Manuel Emilio Sena, que insta al Estado a apoyar al sector durante este período, dado que la producción ha disminuido hasta en un 80 por ciento.

Una de sus sugerencias es la búsqueda de alternativas al cultivo del café, con otro tipo de productos agrícolas de ciclo corto que permita a las familias tener una fuente de ingresos hasta que vuelvan a producir y comercializar grano, puesto que su capacidad de subsistencia en este momento es muy limitada.

La mayoría son pequeños productores que, en el 40 por ciento de los casos, poseen poco más de media hectárea y, siendo necesarias grandes inversiones para renovar esas superficies de cultivo, apenas tienen recursos para subsistir, especialmente en aquellos casos en los que la aparición del hongo ha supuesto la pérdida de las certificaciones de producto orgánico o de comercio justo, explica Serna.

No hay que olvidar que el cultivo del café tiene una faceta medioambiental, porque las plantaciones están enclavadas en las principales cuencas hidrográficas, permitiendo que el agua llegue a las zonas donde es necesaria y evitando el riesgo de sedimentación en las presas. Como dicen los cafetaleros, «si no hay café en las alturas, no habrá agua en las llanuras».