Junio es un mes de celebración para miles de estudiantes. Con la llegada del verano llegan las graduaciones escolares. Entre celebraciones y despedidas de amigos con quienes se ha compartido los últimos años, miles de jóvenes se preparan para una nueva etapa en su vida. Para aquellos que tienen la posibilidad de continuar sus estudios, la universidad es el siguiente paso. Sin embargo, sabemos que esta no es una realidad que comparten miles de estudiantes indocumentados. Para ellos las opciones son limitadas, y en ausencia de una reforma migratoria y del fracaso del DREAM Act, su futuro se ve incierto.

La propuesta del DREAM Act se ha presentado una vez más en el Congreso. Pero esto no es una respuesta para quienes llegan al final del doceavo grado sin  saber si tendrán el dinero para pagar la colegiatura como estudiantes internacionales en una de las universidades públicas en Carolina del Norte o si el colegio comunitario en su ciudad tendrá cupo después que todos los ciudadanos americanos y residentes legales se han matriculado.
Sí necesitamos una reforma migratoria, y necesitamos que se apruebe el DREAM Act; sin embargo, no podemos quedarnos a la expectativa de que los legisladores en Washington tomen la iniciativa. En esta temporada de graduaciones necesitamos que las universidades privadas, las cuales no están limitadas por  regulaciones estatales o federales, tomen el liderazgo y asuman su responsabilidad cívica como instituciones de enseñanza superior y abran sus puertas a estos estudiantes.  En este simple acto de solidaridad y apoyo verán realizada su verdadera misión de preparar a nuestra próxima generación de líderes. Esta es una responsabilidad que no pueden delegar. Porque hasta que no tengamos un acceso justo a la educación superior para todos, entonces tenemos poco que celebrar.