Barcelona, 19 jun (EFE).- El neoyorquino Asap Rocky es vanguardia pura, un caballo de troya ante cualquier corsé del hip hop, que hoy ha puesto la intensidad callejera en la sesión nocturna del festival Sónar, mientras la irlandesa Róisín Murphy tapizaba el festival barcelonés como un salón de moda de exquisita elegancia pop.

La pericia lírica de Rakim Maters, verdadero nombre del norteamericano, trasciende las estructuras del rap, una desinhibición estilística que arranca elogios desde todos los compartimentos estancos en los que a veces se atrinchera la música, y confirmados con su reciente trabajo «At long.last ASAP» (2015) con el que se ha presentado hoy en el escenario del Sónar Club.

El de Harlem ha entrado saturado con el sonido, pero ha ido marcando los tiempos acompañados por un grupo que le ayudaba a aportar la rotundidad vocal requerida ante un público de festival deseoso de pasarlo bien, más exigente y necesitado de energía que los técnicos del estudios de grabación.

Asap Rocky reutiliza los géneros a su manera, combinando guitarras a discreción, y sincronizando los ritmos del rock y otros estilos a sus recitados, como en «L$D».

Y si los versos de sus rimas no han sido suficiente para remover al público, el de Nueva York ha acabado el show lanzando falsos dólares desde el escenario.

A la misma hora, lo que obliga a una dosificación para realizar una crónica del festival en condiciones, la cantante irlandesa Róisín Murphy, ex vocalista de Moloko (alguna vez habrá que dejar de utilizar esta coletilla) reaparecía en el Sónar en el escenario Pub tras ocho años sin publicar disco, y dedicada al parecer cuestiones familiares.

Murphy es una artista que persigue no dejar indiferente a nadie, ya sea por su capacidad vocal, que no tiene nada que envidiar por ejemplo a la legendaria Dusty Springfield -cantante a la que recuerda en algunas de sus dramáticas interpretaciones- como por los constantes cambios de vestuario, pieza clave de cada uno de sus espectáculos.

La cantante ha ofrecido un concierto breve, a penas de una hora, principalmente con temas de su nuevo disco «Hairless toys», con el que el vuelve a retomar la senda de la electrónica de tonos sensuales, palpable en temas como «House of glass» o «Explotation», sin olvidar «Jealousy».

Cubierta al principio con un sombrero cordobés, que ha ido sustituyendo por otros tocados con cada uno de los numerosos cambios de ropa, Róisín Murphy ha jugado en todo momento sobre el escenario con las mascaras que cubrían su rostro, una declaración de principios de esta artista que se resiste a que le asignen la reduccionista definición de «diva», y que ha acabado el concierto bajo un ensordecedor muro de guitarras.

El Sónar por su característica de festival urbano tiene una forma de uso y disfrute muy práctica para el público, que puede elegir entre el programa de día, en el que si uno quiere cuenta con propuestas experimentales y el de noche más centrado en el disfrute y el ocio.

Además y al contrario que otras macro citas, es un festival en el que los desplazamientos entre escenario resultan más ágiles y cómodos, por lo que la experiencia se centra en la música y no en tratar de llegar a tiempo, como ocurre en otros espacios que requieren una logística extraordinaria.

Los organizadores recomiendan que si uno sabe lo que quiere ver que se prepare lo mejor posible, pero para quien no lo tenga tan claro, le invitan a descubrir, a dejarse llevar, entre la larga oferta del festival con nombres relevantes, pero también con una lista de talento emergente que espera ser descubierto.