El cantante y guitarrista Jónsi Þór Birgisson, del grupo islandés Sigur Ros, durante una actuación en Madrid. EFE/Kiko Huesca

Madrid, 29 sep (EFE).- Un día después de su paso por Lisboa, donde han iniciado una primera gira europea tras su parón de 5 años, Sigur Rós ha recalado este jueves en Madrid para hacer levitar a sus seguidores con una fábula entre volcanes y glaciares que repasa toda su carrera, aunque con alguna omisión importante.

Más incluso que Björk, si hay una formación que lleva Islandia por bandera y ha traducido su mágico imaginario paisajístico en música son ellos. Por esa razón, y por lo puntuales que son sus visitas a España (la última en 2016 a Barcelona), el concierto celebrado esta noche en el Wizink Center ha sido una cita ineludible para 4.500 amantes de los sonidos exquisitos y envolventes.

Jónsi Þór Birgisson y Goggi Hólm, los miembros que se mantienen desde la formación de la banda hace casi 30 años en Reikiavik, no se han mostrado especialmente interesados en ampliar su obra desde la publicación de su último disco de estudio, “Kveikur” (2013), salvo por una incursión en las bandas sonoras con “Odin’s raven magic” (2020).

Ante ese panorama, el repertorio de esta gira se ha convertido en una mirada atrás, obviando el arranque con “Von” (1997), que incluía como apertura el tema que les daba nombre, pero volcándose en casi todos los trabajos siguientes desde “Ágætis byrjun” (1998), con especial incidencia en “()” (2002), el álbum de las canciones sin nombre.

Con él ha arrancado el concierto pasados 10 minutos de las 21 horas, concretamente con los 3 primeros temas en el mismo orden en el que fueron editados, desde “Untitled #1” o “Vaka”, cuyas primeras notas han llevado a los asistentes a exigir de forma inmediata silencio, mientras la melodía y el célebre falsete de Birgisson se expandían por el recinto como un gas de efectos relajantes.

Dos músicos más les acompañan en esta gira, envueltos todos en una sencilla pero efectiva escenografía, como flotando en medio de un firmamento despejado con sus estrellas diseminadas o entre un bosque de cuerdas reviradas que reflejan diversos colores y reproducen el efecto de las famosas auroras boreales.

Convertida en una experiencia sinestésica, esta se amplifica con una mirada aún más cósmica al llegar “Svefn-g-englar”, uno de los temas más conocidos y tempranos de su producción, cuando en sus 10 minutos de duración la gran pantalla posterior se enciende como un banco de luciérnagas y el músico, además de a su voz, le extrae ecos de otro mundo a la guitarra eléctrica gracias a un arco de violín.

Como se comprueba poco después también se vuelcan con fruición en el álbum “Takk…” (2005), aunque pasando de largo sobre uno de sus cortes más señalados, precisamente el más popular de su discografía con sus más de 66 millones de reproducciones en Spotify, “Hoppípolla”, un requiebro que han repetido con otras como “Starálfur” y “Olsen Olsen”.

Cierto es que nunca ha sido Sigur Rós de transitar los caminos fáciles de la música, como si las zonas más abruptas del paisaje de su país se hubiesen trasladado a su idiosincrasia, y así lo han demostrado con una apuesta firme por el islandés para los títulos y letras de sus canciones o con sus largos desarrollos musicales, a menudo sin la batería como sostén rítmico ni recurso efectista.

Acotado el espacio a la pista (que se han quedado muy cerca de llenar), probablemente la mejor manera de disfrutar de un “show” etéreo y dado al ensimismamiento como el suyo sea sentado o tumbado incluso, como sucedió en su última visita a Madrid en el festival Dcode 2012, aún a riesgo de caer rendido al efecto letárgico de sus canciones, que para muchos es su gran baza y, para otros, la razón de no repetir.

Porque no hay declaraciones (ni un “buenas noches” tan siquiera) ni grandes alteraciones musicales o escenográficas que rompan el continuum del concierto. Los temas casi se solapan como un solo corte y no es difícil perder la noción del tiempo y de lo que está sonando hasta que, traspasada la primera hora, un largo intermedio rompe la ensoñación y muchos aprovechan para fumar fuera y volver a pisar tierra.

En la segunda parte, después de escuchar piezas como “Glósoli”, “Sæglópur” o “Ekki múkk”, la única representacón del álbum “Valtari” (2012), la fábula élfica de Sigur Rós llega su colorín colorado. Y lo hace como empezó, con “()”, o más bien como termina aquel trabajo, con su corte sin título número 8 o “Popplagið”.

Aún habrá otra oportunidad en España de disfrutar de este relato de más de dos horas pero sin confines mentales definidos. Será este sábado, 1 de octubre, en el Sant Jordi Club de Barcelona.

Javier Herrero.

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3 Comentarios

  1. Hola Javier. Creo que deberías saber que uno de esos “dos músicos que les acompañan en esta gira”, es Kjartan Sveinsson, miembro fundador y pieza clave de Sigur Ros. Dejó la banda en el 2012, pero ha vuelto 10 años después. Por lo tanto, son 3 miembros de Sigur Ros, no 2. PD: como siempre, CONCIERTAZO!!!!

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