Barcelona, 27 jun (EFE).- En los dos primeros volúmenes de «Mi lucha», el noruego Karl Ove Knausgard hablaba con crudeza y sin tapujos de la muerte de su padre, pero en los tres siguientes libros suavizó un estilo que recupera su dureza en la sexta y última entrega, que vuelve a las «cosas que duelen».

«Cuando la escritura era algo doloroso, me decía a mí mismo que la frontera era mi propio cuerpo y, si éste la soportaba, podía seguir», apuntó hoy Knausgard en una rueda de prensa en Barcelona al hablar de un libro que aún no se ha publicado en español y que podría titularse «Nombres y números».

De momento los millones de lectores que siguen la monumental obra de Knausgard se tendrán que conformar con «Tiene que llover» (Anagrama), la quinta parte de su monumental fresco autobiográfico «Mi lucha», publicado en noruego entre 2009 y 2011.

«Solo los fracasados se convierten en escritores», «a veces, el éxito no tiene que ver con la calidad literaria», «estos libros tratan sobre la identidad, sobre cómo somos y por qué somos como somos» o «es fácil publicar (como editor), lo difícil es conseguir que los libros funcionen» son algunas de las frases que salpimentaron sus respuestas a lo largo de su comparecencia.

Reconoció que, cuando empezó su minuciosa saga, en la que cuenta al lector desde el estado de su nevera a sus sentimientos más profundos con respecto a sus progenitores, su hermano o sus parejas, quería centrarse en lo que sintió con la muerte de su padre, pero luego decidió ir más allá.

Rememoró que los dos primeros volúmenes los creó solo en una habitación pensando que no los leería nadie, sintiéndose muy libre, «escribiendo lo que me daba la gana, sin pensar en las consecuencias, aunque éstas llegaron y vino el infierno».

Muchos de sus familiares no estaban nada de acuerdo con lo que contó y algunos todavía hoy siguen sin hablarle pese a que su obra es un éxito internacional, traducida a más de 30 idiomas y con una legión de seguidores, aunque también cuenta con detractores acérrimos.

Por esas críticas, tras la recepción de los dos primeros volúmenes, dejó cosas en el tintero e intentó ser «más amable con el entorno». Pero volvió a la crudeza en el sexto libro porque pensó que cualquier actividad creativa «necesita de la libertad».

De momento habrá que esperar para leer en español el cierre de su proyecto y conformarse con «Tiene que llover», que es con el que más se distrajo y divirtió. En él narra los años que vivió en Bergen de 1988 a 2002, cuando deseaba «a toda costa» convertirse en escritor y cómo se perdió en ello.

Preguntado sobre qué ocurriría si alguno de sus hijos en el futuro hiciera algo parecido a lo que él ha hecho con la figura de su padre, Knausgard dijo que a veces se lo ha planteado.

«En primer lugar, si ellos quisieran ser escritores, sería un fracaso, porque solo los fracasados se convierten en escritores. Pero, si en algún momento lo hacen, deberé aceptarlo y animarles y asumirlo de la mejor manera», señaló.

Sobre el éxito, no ha obviado que fue un «shock» en su sistema vital, con los periódicos publicando fotos de su casa o si iba a la barbería, pero cree que ocurrió porque tal como escribe es «muy difícil» saber dónde está la frontera entre vida y literatura.

Y reconoce que después de «Mi lucha» ha aprendido a aceptarse mejor a sí mismo y también a su padre. «Creo que hay parte de verdad en el dicho que afirma que entender ayuda a perdonar». EFE

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