Sao Paulo, 28 mar (EFE).- Lollapalooza Brasil se puso en marcha hoy y ya hace gala a su nombre, una escena “inusual y extraordinaria”, que durante dos días promete mezclar a viejas y nuevas estrellas del rock mundial, pero que en sus primeras horas ya ha sufrido muchos nervios e incluso algunas decepciones.

Con entradas todavía disponibles a primera hora de la tarde, los fans se dividen entre los que buscan hacerse con las gradas para no perderse ni un detalle y los que quieren explorar e irse a casa con la tranquilidad de haber recorrido todos los rincones del Autódromo de Interlagos, en la zona sur de Sao Paulo.

Un espacio de lujo que por segundo año consecutivo acoge los cuatro escenarios del festival y que, según la organización, se presenta más vacío de lo esperado, pero con un público tan ecléctico como el cartel que protagoniza esta edición.

El paulista Paulo Mentone es el vivo ejemplo de ello. A sus 56 años, este auténtico fan de Led Zeppelin lleva hoy por primera vez a Fernando, su hijo de 13, al concierto de Robert Plant, el legendario exvocalista del dirigible ovalado y uno de los platos fuertes de esta edición del festival.

“Nunca he ido a ningún show de la banda, así que quiero aprovechar al máximo la experiencia con mi hijo”, confiesa a Efe Mentone mientras muestra, orgulloso, la camiseta negra que viste, estampada con el icónico ángel del desaparecido grupo londinense.

Y es que, si por algo se caracteriza Lollapalooza, concebido en Estados Unidos en 1991, es por su afán de escalar en el podio de los circuitos festivaleros intentando mantener, con pinzas, el espíritu Woodstock.

Aunque el ambiente “indie” se mantiene, el consumismo y los altos precios han ganado la batalla al espíritu hippie, del que sólo queda la ausencia de reales, sustituidos por los “Lolla Mango”, la moneda oficial para comprar en los camiones de comida.

Así, al lado de los estruendosos altavoces que invaden todos y cada uno de los rincones del circuito que es parte del calendario de la Fórmula Uno, grupos de amigos aprovechan las áreas verdes del autódromo para escapar del barullo y escuchar, tumbados en la hierba, las melodías brasileñas que de momento acaparan la programación.

Con tantas opciones como gustos, Lollapalooza trata de ofrecer una experiencia cultural que conecte con el estilo de vida de la nueva generación rockera que, a pesar de los esfuerzos del festival, sigue siendo la que más predomina en el recinto.

“Nosotros hemos venido para conocer grupos nuevos, para escuchar qué hay de nuevo en el rock de Brasil y de fuera”, aseguran Gustavo de Oliveira y Caio Figuereido, dos “rockeros confesos” que por primera vez se han animado a disfrutar de un festival de tan grandes dimensiones.

Pero no todos van a poder divertirse como esperaban y hay quienes incluso volverán a sus casas con la decepción en sus rostros, como los fans de Marina and the Diamonds, que anuló a última hora su actuación después de que el vuelo de la líder de la banda fuera cancelado en Nueva York.

En conjunto, nervios, tensión y contratiempos están impregnando la apertura de un festival que aterriza en Brasil con una programación similar al de las ediciones hermanas de Chile y Argentina. La espera incluye, entre otros, a Jack White, Smashing Pumpkins, Calvin Harris y “el feliz” de Pharrell Williams.

Daniel Muñoz y Alba Gil