Foto: Héctor Castillo

Charlotte.- La mente de Eduardo Liévano Andrade es un desfile incesante de formas y colores, contornos y sombras, recuerdos y extravagantes invenciones. En algún lugar de Charlotte, un pintor colombiano sueña con una galería donde exponer su arte ecléctico y sin etiquetas que le calcen, y mientras tanto no para de producir y producir.

En la mitología griega, Penélope tejía de día y destejía su trabajo de noche para hacer tiempo a que regresara su amado Ulises. Liévano Andrade libra su propia batalla contra el tiempo pintando sin parar. A sus 84 años, no le falla el pulso ni la vista, la señal del triunfo de su talento sobre el paso de los años.

Antes de dormir las ideas invaden su mente, y él las ordena, planifica su jornada, imagina las luces y las sombras. Al día siguiente, está en su pequeño taller desde temprano y no para hasta terminar, aunque le tome hasta medianoche.

“No me gusta dejar un cuadro sin terminar, una vez que empiezo tengo que acabar, me da afán“, comenta el pintor nativo de Neiva, Huila, formado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional en Bogotá, y acostumbrado a exponer en su Colombia natal, donde llegó a ganar el primer premio del II Encuentro de Pintores Huilenses en 1960.

El poeta y pintor colombiano, Héctor Rojas Erazo, fue miembro del jurado  y llegó a encomiar el discurso pictórico de Liévano, un artista que se define a sí mismo como ecléctico, por la mezcla de estilos presente en su obra.

“Lo que hago es como una combinación“, explica Liévano, quien vive en Estados Unidos desde hace 20 años.

Una sola vez pasó más de 15 días enfrascado en una sola obra, un trabajo monumental que incluyó insertar 60 cuadros en un solo lienzo, con escenas de la vida colombiana, como sus equipos de fútbol, su cotizado café o el aguardiente antioqueño, entre otros motivos.

El pintor hispano-colombiano Alejandro Obregón es una influencia recurrente en su obra, un creador con cuyo estilo se identifica.

La pasión de Liévano por la pintura comenzó desde la infancia. Su familia administraba salas de cine en su natal Neiva, y era él quien pintaba los afiches promocionales. Con el tiempo, sintió la necesidad de perfeccionar su arte y comenzó a formarse en Bogotá, pero su temprano matrimonio y precoz paternidad le impidieron terminar la universidad.

Hoy pinta por placer escenas cotidianas y paisajes de Huila, reproducciones de fotos icónicas como la de Korda retratando al Che Guevara, animales, parientes y cuadros abstractos. A veces pinta por encargo, sobre todo para personas que ven sus obras en casa de sus nietos y quieren una reproducción o un retrato propio.

Asegura que no tiene una temática recurrente, “solo cosas que se me van ocurriendo“, aunque sí reconoce un predominio del rojo en su discurso. No le gusta repetirse: “Ningún cuadro mío se parece a otro. A veces he hecho series que gustan mucho, pero me aburro rápido y no sigo“.

En 2020 logró exponer más de 40 de sus cuadros en Neiva, pero no ha conseguido llegar a acuerdos con galerías en Charlotte, a pesar de que sus obras se cotizan relativamente bien.

“Es muy difícil ponerle precio a un cuadro, sobre todo porque la gente que realmente no sabe de arte no entiende el valor de lo que uno hace. Eso a veces desconcierta“.

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