“Nuestros corazones están rotos hoy”, afirmó el presidente Barack Obama en su mensaje a la comunidad luego de la tragedia ocurrida en Newtown.

Es poco lo que puede decirse ante el dolor que causa ser testigo de semejante masacre. Nuestros corazones están rotos, es verdad. Pena y consternación. Respetuoso silencio. Indignación. Miedo.
Las palabras parecen no alcanzar para nombrar los sentimientos que surgen frente al espantoso escenario que tenemos frente a nosotros.
Las tragedias provocan reacciones emocionales y cognitivas, que son una respuesta a lo insoportable de la situación.  Nadie está preparado para asimilar un desastre que se lleva la vida de 20 niños. No es posible comprender que algo así ocurra.
Aparecen entonces una serie de reacciones emocionales que son un mecanismo psicológico para empezar a elaborar lo ocurrido.  Miedo, ansiedad, dolor, tristeza, rabia, vergüenza, culpa, indefensión, desesperanza, embotamiento, sensación de vacío, shock, frustración, e impotencia, son los sentimientos más habituales frente a la situaciones trágicas.
También puede sentirse confusión, negación e incredulidad, duda, preocupación, disminución de la atención, problemas de concentración, pensamientos catastróficos, pérdida de seguridad en el mundo.
Para elaborar una situación tan tremenda es importante poder expresar los sentimientos, dejarlos salir. Compartir con otras personas lo que sentimos y lo que nos ha provocado la tragedia.
En este caso, especialmente, es importante no transmitirles estos sentimientos a los niños. Si los niños vieron la noticia y quieren saber que pasó, es aconsejable mantenerlos informados, pero no alarmarlos. Hay que explicarles que lo ocurrido es muy triste, pero es una situación de excepción, algo que no va a repetirse.  Es fundamental transmitirles calma, seguridad y hacer que se sientan protegidos y cuidados.
Esta tragedia conmueve y conmociona. También, obliga a reflexionar sobre las situaciones de violencia. Una vez pasado el shock emocional, cada uno de nosotros debe reflexionar sobre nuestra postura en relación a cualquier situación de violencia, ya sea verbal, emocional o física.
Es verdad, tenemos el corazón roto, pero eso no va a impedirnos seguir creyendo y construyendo un mundo capaz de proteger a sus niños. No va a impedirnos seguir apostando a un mundo con menos violencia y más solidaridad. No va a impedirnos seguir creando con nuestros actos cotidianos un espacio de comprensión, de colaboración y de compasión hacia los que sufren.

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