Rene Lucero y su esposa Alva visitan un sitio de homenaje en la Escuela Primaria Robb en Uvalde, Texas, el martes 31 de mayo de 2022. (AP Foto/Jae C. Hong)

De pronto, un día cualquiera, la violencia irrumpe en nuestra vida como un rayo feroz. Sentimos el horror y la indignación ante un acto atroz, inabordable, que nos deja consternados, aterrados, estupefactos.

De pronto, un día cualquiera, un adolescente sale a matar niños. 

A medida que pasan los días la ferocidad del acto cobra su real dimensión y nos cuesta reflexionar sobre lo que ha pasado. Es difícil hablar sobre lo ocurrido. Las palabras se escurren frente a lo siniestro del hecho. Sentimos que algo está mal. Muy mal. Sabemos que algo así no debería pasar nunca. 

Sospechamos que algo tienen que estar muy mal para que algo así pase en nuestra sociedad. Sabemos que los niños siempre y en toda circunstancia deberían estar a salvo, protegidos. Sabemos que una sociedad que no puede proteger a sus niños está fallando gravemente. 

Pensamos en las familias destrozadas y quisiéramos poder acompañarlos y abrazarlos de algún modo en este oscuro momento. Pensamos en esos niños que, como cualquier otro día, asistían inocentemente a su clase en la escuela primaria. Pensamos en las maestras, que pusieron su cuerpo, tratando de parar las balas. Pensamos en todas esas vidas truncadas y solo queremos llorar. 

Sabemos, oscuramente, que el azar hizo que el tiroteo ocurriera en Texas, pero que nada garantiza que algo así no pudiera repetirse en cualquier ciudad o escuela de Estados Unidos. Sabemos que algo debería cambiar, para que nunca más vuelva a pasar.

Entonces en esta mezcla de emociones y nos preguntamos: ¿Se podrían evitar o prevenir semejantes situaciones?

Por un lado, tenemos el enorme debate socio político respecto al uso y tenencia de armas, que seguramente será parte de la agenda de diputados y senadores. 

Por otro, la vida. 

La vida de cada uno, con sus penares, sus problemas, y sus decisiones. La vida de los que día a día enfrentamos dudas, miedos, responsabilidades. A veces solos, a veces indiferentes. Y en esa vida diaria que transitamos como podemos, de repente hay alguien que irrumpe a los tiros en una escuela y mata a nuestros niños. 

Y desde este lugar de la vida me pregunto, cómo fue posible que nadie detectara que ese chico que el martes 24 de mayo le disparó a su abuela y luego irrumpió en la escuela primaria de Uvalde a perpetrar una masacre, era un peligro para sí mismo y para los otros. 

¿Ni el sistema escolar, ni los padres, ni ningún profesional de la salud, ni ningún adulto cercano se dio cuenta que ese chico tenía gravísimos problemas mentales? ¿Nadie detectó nada? ¿Nadie se dio cuenta? ¿O a nadie le importó? ¿A nadie le llamó la atención que ese chico algo extraño a poco de cumplir 18 años se comprara 2 rifles y 375 rondas de municiones?

¿Cómo es posible que las señales en el comportamiento de ese chico hayan sido invisibles? 

Y este es el punto en el que los debates sobre el control de armas y la vida nuestra de cada día se cruzan. 

“Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”, dijo Martin Luther King. 

¿Cuánta indiferencia hizo falta para que semejante escalada de violencia ocurriera en el corazón de la tranquila ciudad de Uvalde? ¿Cuánta indiferencia para que nadie pudiera poner un freno a tiempo? 

Por otro lado, ¿acaso no es evidente que el acceso a las armas, especialmente en alguien con un fuerte desequilibrio mental, es un coctel letal? ¿Y qué nos garantiza que la persona que porta un arma tiene una real capacidad para controlar sus impulsos? ¿En este contexto, qué nos garantiza que nuestras escuelas y nuestros niños están a salvo?

Sin duda Salvador Ramos es el culpable de la tragedia en la escuela primaria Robb, en Uvalde, Texas. ¿Pero quién es el responsable? 

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