Velación
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Las pérdidas forman parte de la vida. Todos nos enfrentamos en algún momento a la dura experiencia de perder a personas que nos importan o a perder situaciones que nos son valiosas.  Cuando sufrimos una pérdida se inicia el proceso del duelo.

De este modo, el duelo es el proceso psíquico de adaptación emocional que hacemos después de sufrir cualquier pérdida.  Por supuesto, de la gravedad de la pérdida dependerá la profundidad y la duración del duelo.

Podemos tener pérdidas laborales, o pérdidas amorosas, pero sin duda, la pérdida ocasionada por la muerte de un ser querido es el evento de mayor impacto por el dolor y por su irreversibilidad.

Así, hay que comprender que el duelo es un proceso normal que vivimos siempre que experimentamos una pérdida. El aparato psíquico necesita de este proceso para asimilar la pérdida y adaptarse a la nueva realidad.

La duración del duelo es variable. Los especialistas consideran que el duelo normal dura entre seis meses y dos años Durante todo ese tiempo, aunque no sea visible, la persona se encuentra transitando enormes procesos psíquicos que le permitirán superar la pérdida. 

El duelo se acaba cuando la persona recupera el interés por la vida y vuelve a recuperar sus intereses y sus deseos.

Durante este largo y profundo proceso se suele transitar por distintos momentos y emociones.  La psicóloga Elisabeth Kübler-Ross en su libro “On Death and Dying” estableció que son las 5 etapas del duelo.

Las 5 etapas del duelo

1. Negación

Es la primera etapa del duelo. Como mecanismo de defensa, lo primero que se suele hacer ante una pérdida es negar la situación. Eso permite amortiguar el golpe y aplazar parte del dolor.

La negación ocurre inmediatamente después de la pérdida, especialmente cuando es muy repentina e inesperada. Es la imposibilidad de creer que alguien murió o que esa situación ocurrió. 

Esta etapa dura muy corto tiempo. Tarde o temprano la realidad se impondrá y entonces se inicia la siguiente fase del duelo.

2. Ira

La ira es la segunda etapa del duelo. Ya no es posible negar la realidad. La persona comprende que la pérdida realmente ocurrió. Llega entonces el malestar psicológico, que se manifiesta en forma de rabia hacia uno mismo y hacia todo. Aparecen sentimientos de ira y de resentimiento. El enojo intenso que a veces empuja a buscar culpables de la pérdida.

La rabia y el resentimiento también están relacionadas a la impotencia y a no poder hacer nada para revertir la situación. La situación es irreversible y eso provoca enojo y rebeldía.

Poco a poco este enojo se calmará y se entra en la siguiente etapa.

3. Negociación

La negociación es la tercera etapa del duelo. En esta etapa se intenta encontrar una forma de recuperar aquello que se ha perdido.

Con el estado de ánimo un poco más calmo se fantasea con una posible recuperación de lo perdido.

Se buscan formas de revertir la situación especialmente cuando el duelo se debe a una ruptura amorosa. La creencia es que se puede revertir el proceso. Y en consecuencia se buscan estrategias para hacer que eso sea posible.

En general, esta etapa es breve porque tampoco encaja con la realidad. La esperanza de revertir la situación se diluye cuando se comprende que la pérdida es irreversible.

 En ese momento, comienza la cuarta fase.

4. Depresión

La depresión es la cuarta etapa del duelo. En este momento aparece el verdadero dolor emocional. Un dolor que no se expresa con ira, sino con tristeza y síntomas depresivos. Se conecta con el presente y con una profunda sensación de vacío por el ser querido que ya no está.

Es la etapa que más se prolonga en el tiempo. La persona se encuentra cara a cara con la pérdida y debe afrontar la nueva vida. Aparece una fuerte tristeza y falta de incentivos para seguir viviendo en una realidad en la que lo querido no está.

Los síntomas de esta etapa son:  tristeza, nostalgia, pérdida de interés por las actividades que generaban placer, aislamiento social, pena, desesperanza, problemas para dormir, falta de motivación, cansancio extremo, etc.

5. Aceptación

La aceptación es la quinta y última etapa del duelo. Se acepta la muerte del ser querido. La herida emocional ya está cicatrizando. Marca el final del proceso del duelo a través de la adaptación a la pérdida y la reconstrucción de una nueva vida.

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