La soledad es uno de los grandes problemas de la vida moderna. Muchos investigadores se encuentran dedicados a pensar y replantear este tema, que se presenta como uno de los importantes dilemas de la vida contemporánea.

A pesar de ser ésta la era de la comunicación y de la hiperconectividad, el ser humano se siente cada vez más sólo. Nos encontramos ante esta gran paradoja: estamos conectados con el mundo entero y, sin embargo, nos sentimos cada vez más solos. En ese punto parece que la tecnología y los dispositivos de comunicación que ya forman parte de nuestra vida diaria, tienen también esa cara oscura: el aislamiento.

El poeta inglés JOHN DONNE (1572-1631) escribió en un famoso poema: “Ningún hombre es una isla por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo”… “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti." (Fragmento)

Y así es. Estamos interconectados y necesitamos sentirnos parte del todo. No somos puntos aislados en el universo. 

No somos islas, formamos parte de una sociedad y, aunque tratemos de evitarlo, nuestros actos tienen una repercusión directa o indirecta sobre los demás. Así como los actos de los demás tienen una influencia directa en nosotros.

Muchos pensadores y artistas se inspiraron en este poema de John Donne para pensar sobre la conexión del hombre con su ambiente.

El teólogo y poeta americano Thomas Merton escribió un libro titulado “Los hombres no son islas” en el que describe nuestra profunda vinculación con las personas que nos rodean.

Así mismo,  Ernst Hemingway utilizó uno de los versos del poema de John Donne como título para su famosa novela: "¿POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS?".

La cuestión es que en la actualidad el tema del aislamiento y de la soledad del ser humano sigue siendo un punto de reflexión y de preocupación no sólo para filósofos y artistas, sino para los profesionales de la salud. Muchos investigadores de la salud están generando estudios para comprender el peso que la soledad tiene en la salud integral del ser humano.

El uso permanente de las redes sociales y de las diversas apps que nos proveen de una aparente comunicación y de caudales de información instantánea, tiene también un efecto desolador: el efecto de provocar un estado de aislamiento emocional y afectivo.

La soledad, el sentimiento de soledad es justamente eso: un estado de aislamiento emocional y afectivo. Se puede estar rodeado de personas, pero si no se tiene un lazo de intimidad afectiva con ninguna de ellas aparece el sentimiento de soledad.

En un estudio realizado en Estados Unidos se observó que el 46% de los estadounidenses padece ocasionalmente de soledad, es decir, de la sensación de sentirse separados o fuera de algo. Los investigadores que realizaron la investigación concluyen que esto es un nivel casi epidémico de soledad.

El puntaje más alto en la escala (48) predominó entre la generación Z, que incluye a las personas que tienen en la actualidad entre 18 y 22 años, mientras que, sorprendentemente, las personas de 72 años o más reportaron sentirse menos solas, con un score de 39.

En un estudio llevado a cabo en el Reino Unido se encontró que los riesgos asociados a sentirse solo son superiores a fumar 15 cigarrillos al día. Además se halló una relación entre la soledad y el riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas. Los investigadores afirman que la soledad suele causar que la gente tenga menos estímulos mentales, ya que estos estímulos son ocasionados por el contacto con los demás. Y esta falta de estímulos, a la larga, deteriora el estado cognitivo de la persona.

Otra investigación afirma que en los individuos que se sienten solos o tienen pocas conexiones sociales el riesgo de morir antes de los 70 años aumenta al 50%.

Todas estas investigaciones apuntan a ver en la soledad crónica y prolongada un factor que puede afectar la salud mental y física de la persona.

El énfasis está ubicado en que el ser humano tiene la necesidad de tener conexiones sociales satisfactorias. No se trata de la cantidad de gente que nos rodea sino de la calidad de los vínculos que construimos. Se trata de ser capaz de establecer vínculos con un nivel de intimidad emocional satisfactorio, ya sea con amigos, familiares o con la pareja. Es la calidad de los vínculos la que nos hace sentir conectados con los demás.

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