La infancia es un periodo vulnerable. Sin duda, es una etapa de la vida en la que se necesita protección, amor y cuidado para desarrollarse de una manera plena. 

En esta etapa se direccionan muchas de las características y dificultades que tendremos más tarde como adultos. Las experiencias que vivimos de niños dejan huellas que luego, de grandes, se convertirán en tendencias de comportamiento.

Los papás y mamás que desean un futuro pleno para sus hijos deberían estar muy atentos a lo que les brindan durante la niñez. Lo que pase en esa época quedará grabado en la memoria emocional y condicionará el futuro del pequeño. 

Algunas experiencias infantiles dejan marcas difíciles de superar y harán que esa persona tenga más dificultades para desenvolverse y tener éxito en sus proyectos. 

De este modo, las heridas emocionales de la infancia nos suelen impedir llevar una existencia plena. Como consecuencia de estas heridas, ya de adultos, podemos tener dificultades en las relaciones personales, problemas para triunfar en el trabajo, infelicidad, miedos, baja autoestima, etc.

Algunas de las consecuencias de esas heridas pueden ser: estados de ansiedad, depresiones, falta de estabilidad emocional, fracaso en las relaciones afectivas, pensamientos obsesivos, inseguridades, problemas del sueño, miedo, desconfianza, etc. 

Las vivencias infantiles configuran el modo en que nos manejaremos como adultos, tanto en la vida personal, emocional, o laboral. 

Algunas de las heridas emocionales de la infancia habituales son: 

  1.  Sentirse abandonado

Como dijimos, la niñez es una etapa en la que se necesita del apoyo y el cariño de otras personas para crecer. Cuando un pequeño se siente abandonado, desarrolla una gran inseguridad y temor ante la vida. 

De este modo, las personas marcadas por el abandono suelen tener dificultades en sus relaciones personales y afectivas. Suelen ser inseguras y dependientes emocionalmente ya que viven con un miedo constante ser abandonadas.

Tienen mucho miedo a la soledad. Pueden tolerar lo intolerable con tal de no quedarse solas. O bien se muestran a la defensiva y huyen de los compromisos emocionales. 

Darles seguridad emocional a sus hijos es una de las claves que les permitirá desarrollarse con fortaleza y autonomía. 

  1. Ser o sentirse humillado

La humillación es una de las formas del maltrato emocional. Ser el centro de las críticas de los padres es sumamente difícil para un niño. Principalmente cuando sus padres desaprueban y critican todo lo que el niño hace. Esto daña su autoestima, especialmente cuando lo ridiculizan ya sea en público o en privado.

De este modo, la baja autoestima, el miedo a los demás, la inseguridad, la falta de confianza en sí mismo, son algunas de las consecuencias del sentimiento de ser humillado en la infancia. 

Por este motivo, los padres deben ser cuidadosos en el modo en el que marcan sus errores a los niños. Hay que enseñarles y educarlos, pero sin faltarles el respeto ni maltratarlos. 

  1. Ser o sentirse rechazado

Desde la infancia todos queremos y necesitamos ser aceptados y amados tal como somos. Si por algún rasgo físico, psíquico o por su modo de actuar el niño se siente o es rechazado, este rechazo le ocasionará un dolor irremediable. 

Ante el rechazo el niño puede sentir que algo en él está mal y que no es digno de ser valorado por los demás. Muy probablemente termine rechazándose a sí mismo y desarrollando conductas autodestructivas.  

Muchos adultos que fueron rechazados cuando eran niños suelen tener muy baja autoestima, gran miedo al fracaso y sensación de no valer lo suficiente.

Para que sus hijos se desarrollen, puedan triunfar y ser felices en su vida es importante que los padres puedan amarlos y aceptarlos tal cual son desde el inicio de sus vidas. Esa aceptación inicial les dará recursos y fuerza para la vida. 

  1. Ser o sentirse traicionado

Ser traicionado por alguno de sus padres puede ser muy dolorosa para un niño. Especialmente si las mentiras y los engaños o las promesas no cumplidas se reiteran con frecuencia. 

Esta situación generará sentimientos de aislamiento y desconfianza. El dolor por esta herida puede convertir al niño en una persona desconfiada. De grande le costará mucho confiar en los demás. Se sentirá amenazado, y se transformará en un adulto distante y frío.  Por temor a ser engañado, tendrá dificultades para comprometerse emocionalmente con otras personas.

La confianza es uno de los pilares de las relaciones con los demás. Es muy importante que los padres le puedan dar esa herramienta a sus hijos. 

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