Todos hemos sido educados en la idea de que mentir es malo. Uno de los 10 mandamientos  lo dice claramente: "No dirás falsos testimonios ni mentirás"

Aún así: ¿Cuántas veces siendo niños fuimos castigados por decir una mentira? Casi todos recordamos el cuento de Pinocho al que le crecía la nariz cuando mentía. ¿Y cuántas mentiras seguimos diciendo de adultos? ¿Realmente pensamos que mentir está mal? ¿O creemos que en algunos casos la mentira está justificada?

Lo cierto es que, a pesar de las enseñanzas, de los esfuerzos de la cultura por inculcarnos que mentir es algo malo,  y a pesar de los castigos que por mentir hemos recibido, la mayoría de los adultos seguimos mintiendo. Las mentiras pueden ser leves, sin importancia, o enormes y con graves consecuencias. La amplia gama de las mentiras abarca desde las mentiras piadosas, hasta el engaño más cruel.

Mentir es un hábito cotidiano. Tanto en la política, como en las técnicas publicitarias, el engaño es una técnica aceptada.

Parece estar instalada la creencia de que si se miente por un buen fin, la mentira no es tan mala. ¿Pero quién puede establecer cuál es un buen fin?

¿Qué es una mentira?
La definición nos dice que es algo que se dice con la intención de engañar a otro. En esta definición la palabra clave es la intención. Para que algo sea mentira tiene que ser dicho con la intencionalidad de engañar a otro. No se trata simplemente de decir algo que es falso, sino de la intención consciente de conseguir el engaño.

El filósofo Derrida dice:  Mentir es querer engañar al otro, y a veces aún diciendo la verdad. Se puede decir lo falso sin mentir, pero también se puede decir la verdad con la intención de engañar, es decir mintiendo.

El filósofo San Agustín lo destacaba también: no hay mentira, por más que se diga, sin la intención, el deseo o la voluntad explícita de engañar.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué queremos engañar?

¿Por qué engañamos?
Diversos estudios realizados por el psicólogo e investigador de las emociones Paul Ekman afirman que, en general, las mujeres mienten para proteger a otra persona, los hombres para mejorar su imagen y los niños, para evitar un castigo.

En general se miente por culpa, por vergüenza o por miedo.

Claro está que el acto de faltar a la verdad no consiste solo en decir algo que no es cierto, sino en ocultar las que se piensa o siente, poner una falsa sonrisa o  aparentar lo contrario de lo que sentimos.

Muchas veces mentimos por cortesía.

En el trato social están casi aceptadas  estas mentiras de cortesía, que hacen que uno sonría para mostrar amabilidad, aún cuando no tolera a esa persona.

El filósofo David Livingstone Smith, uno de los estudiosos de la mentira más célebres del mundo, asegura que mentimos de una manera tan natural como sudamos y que cada día, entre las  que relatamos, escuchamos y leemos, llegamos a participar de unas  200 mentiras.

Otro dato a tener en cuenta es el que nos brindan los  primatólogos Richard Byrne y Andrew Whiten. Estos autores  relacionan el origen del intelecto humano con la capacidad para manipular y engañar al otro. Según sus investigaciones, la selección natural favoreció a los individuos más astutos, a los que mejor disimulaban, a los que más mentían y engañaban. 

Aseguran estos autores que los primeros hombres de la especie empleando estas artimañas y mentiras, lograban convertirse en líderes del grupo y alcanzaban más éxito social y reproductivo, asegurando así la supervivencia de su especie.

Sea como sea, la realidad nos demuestra que generación tras generación seguimos recurriendo a la mentira, y, según varios autores, sería esta una técnica de supervivencia.

Desde este punto de vista el engaño es un recurso defensivo. Engañar al enemigo es una de las estrategias más  utilizadas en las guerras. Mentimos para salvarnos de algún peligro o de una situación de amenaza. Mentimos para mantenernos a salvo. En estos casos la mentira es un recurso que ayuda a la supervivencia.

Por su parte, el profesor de Antropología Volker Sommer, en su obra Elogio de la mentira señala algunos beneficios físicos de mentir. Sostiene este investigador que algunos de los beneficios de mentir son: la relajación por haber salido del paso, la satisfacción por haber sabido convencer al otro, la sensación de control y de superioridad ante los demás.

Frase de la semana
Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa.
Alfred Adler 

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