Frase de la semana
La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente.”  Carmen Martín Gaite

Los seres humanos somos esencialmente seres sociales. Buscamos y necesitamos el lazo con los demás. Desde la mera supervivencia hasta los logros más refinados dependen de los lazos que podemos establecer con otros.

Desde su origen la humanidad se caracterizó por buscar distintas formas de agrupamiento, ya sea para defenderse de los peligros externos, o para asegurar la procreación y la supervivencia de la especie. Familias, grupos, clanes, tribus, aldeas, fueron dando forma a las diversas culturas y sociedades. Con el correr del tiempo estos entramados sociales se fueron complejizando.

Estamos hoy frente a una sociedad con formas de vincularse altamente complejas. La tecnología y los nuevos formatos de producción y de comunicación han venido a agregar nuevos ribetes al ya complicado sistema de vínculos. Pero, llamativamente, esa complejidad y riqueza no nos libera del fantasma de la soledad. Por el contrario, el aislamiento de los seres humanos se está agudizando en los países más acaudalados.

Algunos estudios afirman que, en Estados Unidos, por ejemplo, al menos un tercio de la población declara estar o sentirse sola. En el Reino Unido cerca del 18% de la población adulta considera que “siempre” o “muy seguido” le invade dicha sensación de soledad.

En un texto publicado en el diario The Guardian, George Monbiot afirma que “El neoliberalismo está creando soledad”. Así titula a su artículo y explica que el capitalismo está logrando lo que ningún otro modelo económico logró: separarnos.

Dice el autor: “Hay muchas razones secundarias para la angustia, pero me parece que la causa subyacente es en todas partes la misma: los seres humanos, los mamíferos ultrasociales, cuyos cerebros están conectados para responder a otras personas, están siendo aislados. El cambio económico y tecnológico desempeña un papel importante, pero también la ideología. Aunque nuestro bienestar está inextricablemente ligado a la vida de los demás, en todas partes se nos dice que vamos a prosperar a través del auto-interés competitivo y el individualismo extremo.”

Según este autor, la forma de vida y la ideología imperante lleva al ser humano al aislamiento. La tendencia al individualismo hace que sea cada vez más difícil conectar de manera solidaria con el otro.

Afirma George Monbiot en el citado artículo: “No sorprende que el aislamiento social esté fuertemente asociado con la depresión, el suicidio, la ansiedad, el insomnio, el miedo y la percepción de la amenaza. Es más sorprendente descubrir la gama de enfermedades físicas que causa o exacerba. Demencia, presión arterial alta, enfermedades del corazón, derrames cerebrales, disminución de la resistencia a los virus, incluso los accidentes son más comunes entre las personas solas crónicamente. La soledad tiene un impacto comparable en la salud física como fumar 15 cigarrillos al día: parece aumentar el riesgo de muerte temprana en un 26%”.

El investigador John Cacioppo, de la Universidad de Chicago, lleva años estudiando la relación entre la soledad y los mecanismos celulares. En su libro Loneliness: Human Nature and the Need for Social Connection, afirma que respuesta inmunológica disminuye en las personas altamente solitarias.

Naomi Eisenberger, investigadora  de la Universidad de California, encontró en sus investigaciones que en las personas que se sienten desconectadas de otros se encienden las zonas del cerebro asociadas al dolor físico.

La soledad es uno de los males de nuestro tiempo.
Claro que no es lo mismo estar solo que sentirse solo. Es posible sentirse solo aunque se esté rodeado de gente. Sentirse solo, en cambio, es vivir en un estado de aislamiento emocional. El aislamiento es una actitud que el sujeto adopta por razones varias, pero que pueden modificarse.

Se trata de conectar emocionalmente, solidariamente, empáticamente con nuestros semejantes. Los que están allí mismo. Al lado. Compañeros del trabajo, vecinos, colegas, personas con las que nos cruzamos circunstancialmente, nuestros semejantes, con los que podemos hablar, reír, compartir algo.

Desviar la mirada de nuestras pantallas y ver a esas personas que están por allí. Mirarlos. Sentirlos. Escucharlos. Hacer de cada encuentro con el otro algo enriquecedor.

El fantasma de la soledad ronda en nuestra sociedad. Cada tanto se adueña de alguien. Cada tanto esa soledad lleva a alguien a la enfermedad, a la angustia, a la adicción, a la enfermedad o a la muerte.

Es posible, como afirman tantos autores, que la sociedad actual y su individualismo extremo está llevando al hombre a su aislamiento. Pero también es posible reconstruir los puentes que permiten comunicarse y salir del aislamiento que nos condena a la soledad.

 

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