Algunos  estudios indican que los adultos estadounidenses consultan su teléfono móvil cada seis minutos y medio. Estén haciendo lo que estén haciendo cada seis minutos aproximadamente interrumpen lo que sea para consultar el móvil. 

Los testimonios hablan por sí mismos
Un joven cuenta que  mira el teléfono por si tiene mensajes de sus amigos, pero que, en ausencia de actualizaciones, entra en Twitter, Instagram o Facebook para chequear qué ha pasado. Me siento mal si no chequeo permanentemente lo que pasa en las redes, dice.  El teléfono es mi amigo, explica.

Otro comenta que llevó a pasear a su hija de 7 años, pero se distrajo tanto subiendo fotos a Facebook que en una hora no cruzó ni una palabra con la pequeña. 

Una mujer explica que prefiere mandar mensajes de texto o mails, ya que siente que interrumpiría algo si llama por teléfono. 

Algo ha cambiado. Ya no es tan sencillo simplemente sentarse a conversar. Las palabras, la presencia, la voz del otro, los silencios pueden incomodarnos.  Nos sentimos más a gusto enviando mensajes que empezando una conversación.

La tecno-comunicación está aquí para quedarse. Vivimos en una época en la que una generación no sabe qué es conversar con alguien sin ser interrumpido por un mensaje, un mail, un alerta, o cualquier novedad que pueda acontecer en el móvil. 

Algunos investigadores opinan que la costumbre de conversar cara a cara está amenazada.  Cada vez nos comunicamos más a través de dispositivos móviles en lugar de hacerlo cara a cara. 

¿Por qué elegimos enviar mensajes de texto y nos llamamos cada vez menos? ¿Por qué chateamos con un amigo mientras estamos sentados en la mesa con nuestros  hijos a la hora de la cena? ¿Por qué miramos lo que ocurre en Facebook mientras nuestra novia nos cuenta algo importante? ¿Ya no podemos hacer sólo una cosa a la vez? ¿Ya no podemos simplemente escuchar? 

¿Está en crisis el arte de conversar?  
La conversación está hecha de palabras y de silencios. De matices, de gestos, de miradas que pueden contradecir a las palabras, de tonos, ritmos. 

Todo esto queda desaparecido en los mensajes, chat, o cualquier forma de comunicación escrita. 

La psicóloga norteamericana Sherry Turkle se ha dedicado a estudiar estos fenómenos que atentan contra el arte de la conversación
Uno de los riesgos de la tecno-comunicación, dice,  es que podemos perder una cualidad esencial en las relaciones humanas: la empatía.

“Cada vez que consultas tu teléfono en presencia de otras personas, estimulas tus neuronas, pero también te pierdes lo que tu amigo, tu profesor, tu pareja o tu familiar te acaba de decir”.

La experta asegura que la conversación es el espacio que representa más riesgos. Es más fácil componer y editar un mensaje. Estar frente a frente conversando con alguien exige una mayor espontaneidad.  No podemos controlar todas las reacciones que las palabras del otro nos provocan. Eso hace que nos sintamos más vulnerables al estar expuestos a la presencia y la palabra del otro. 

Conversar con los niños
La dependencia de los teléfonos móviles se debe en parte al miedo a perderse algo mientras se está desconectado. Esta necesidad de estar siempre conectado lleva a que los usuarios se habitúen a hacer varias tareas a la vez. Multitasking. Por ejemplo, contestar mails mientras hablamos con alguien, chequear FB mientras hacemos las compras, etc. 

El problema del multitasking es que nunca le damos la totalidad de nuestra atención a algo.

Esto puede ser un verdadero problema al relacionarnos con niños. Ellos reclaman y necesitan toda nuestra atención. Sin embargo, los menores aprenden que hagan lo que hagan, no logran acaparar la atención de los adultos que están conectados. Una parte de los adultos sigue atenta a lo que ocurre en las redes sociales, las apps o los jueguitos. 

Los especialistas opinan que es necesario brindar en ciertos momentos el cien por ciento de la atención a los niños. Jugar con ellos, conversar. Estar allí para ellos, sin chequear cada dos minutos lo que pasa en el móvil. Por ejemplo se puede adquirir la costumbre de no usar el teléfono durante las comidas y utilizar ese tiempo para conversar, para escuchar a sus hijos, para estar allí, con ellos, sin que nada lo interrumpa.