Frase de la semana
La ira es como el fuego; no se puede apagar sino al primer chispazo. Después es tarde.” Giovanni Papini (1881-1956) Escritor italiano. 

La ira es una emoción básica. A todos nos pasa. Enfadarse, enojarse, sentirse furioso, sentir ira, rabia, enojo profundo, es algo normal y común a todos los seres humanos. El tema, y allí está la diferencia, es qué hacemos con esa ira que sentimos. Cómo la gestionamos, cómo la descargamos y hacia quién la dirigimos, son las cuestiones importantes en relación a la ira. 

Se dice que la ira es una emoción básica y universal porque cumple una función de supervivencia, ya que predispone a desarrollar conductas de defensa o ataque en una situación de amenaza. Defenderse o atacar cuando hace falta es lo que nos permitió supervivir como especie. Este es el origen de esta emoción básica.

En los seres humanos las cosas se complican. En general aquello que nos enfada no es una verdadera amenaza. Y además, la intensidad de la ira que sentimos suele no estar relacionada a la intensidad del estímulo que nos enfada, sino a cuestiones internas. Cuestiones psicológicas, decimos. Se trata de cuestiones que hacen a nuestra historia de vida, a los sufrimientos que hemos padecido quizás en la infancia, a miedos afectivos, a dependencias emocionales, y todo eso es nuestra psicología. Y que nos hace reaccionar desmesuradamente ante situaciones sin importancia.

La ira nos convierte en seres irracionales. Podemos  tener reacciones violentas y destructivas hacia los demás, hacia nosotros mismos, hacia los objetos, etc. 

La ira altera nuestro cuerpo y nuestra percepción del mundo. Los efectos físicos de la ira incluyen aumento del ritmo cardíaco, de la presión sanguínea y de los niveles de adrenalina y noradrenalina. Nuestro cuerpo se predispone para el combate. Irracionalmente. Los músculos se tensan para atacar o para escapar.

Hay muchas situaciones de abuso y de injusticia en la que la ira es necesaria porque ayuda a reaccionar. El asunto es poder decidir cuál es la mejor reacción para ese caso. No se trata de descargar la ira irracionalmente como lo haría un animal, sino de aprender a utilizar la energía de la ira para detectar que debemos hacer algo frente a ese abuso o injusticia y poder pensar y elegir el modo de frenar eso que nos enfada.  

Por otro lado no podemos suprimir esta emoción. La ira necesita encontrar una vía de descarga que no sea destructiva. Si la ira se reprime, y no se descarga como corresponde se vuelve contra uno mismo bajo múltiples formas de autoagresión, o sentimientos depresivos,  ideas suicidas o enfermedades y malestares psíquicos. 

Por todas estas cuestiones es de vital importancia que todos aprendamos a gestionar la ira. Hay que aceptar que forma parte de las emociones básicas de los seres humanos, pero, por suerte, tenemos también las herramientas mentales y psíquicas para aprender a lidiar con ella.

Entonces, ¿cómo conseguir que la ira no nos maneje? ¿Cómo aprender a manejar la ira? ¿Cómo aprender a ser nosotros los que controlamos el enfado, en vez de ser nosotros los controlados por el enfado? 

Distintos estudios sugieren que puede calmar la ira haciendo un cambio de enfoque al momento de experimentar este sentimiento. En general se trata de poder postergar la descarga inmediata, irracional y violenta para poder darse el tiempo necesario y abordar el enfado de otro modo.

Algunos especialistas han elaborado 3 claves para que la ira no nos maneje. ¿Cuáles son?

La primera es  tratar de distraerse. Pensar en otra cosa. Si bien es cierto que en el momento del enfado es muy difícil hacerlo, vale la pena intentarlo.

La segunda es postergar. Ahora no. Váyase, salga, diga: después lo hablamos. Postergue su reacción. Este es uno de los casos en el que postergar es positivo. Diga: ahora estoy demasiado enfadado, prefiero hablarlo más tarde. Contrólese. Controle su lenguaje y su cuerpo. No deje que lo instintivo lo domine. Recuerde que usted es un ser humano y como tal tiene capacidades superiores al instinto como el pensamiento, la razón y la conciencia.

La tercera clave es cambiar el enfoque. Cambiar de enfoque significa verlo desde otro ángulo. Por ejemplo sentir compasión por esa persona que  agrede o por lo que provocan tal situación. Mirar desde otro lugar permitirá encontrar otra forma de encarar la situación.  Estudios neurocientíficos avalan esta idea y señalan que lo importante es que se reenfoque la situación, no bloquear la ira, ya que ello puede ser contraproducente, pues esos sentimientos se guardan y pueden desembocar en enfermedades futuras. 

Las neurociencias afirman que la empatía y la compasión son la clave para modificar el sentimiento de ira. Siempre hay ignorancia detrás de aquel que desemboca una situación que nos indigna. 

Está comprobado que cuando la mente experimenta compasión se produce la frecuencia vibratoria más alta en la mente.

 

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